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la noche del once

14/05/2009


La noche del once, Fulci comenzó a hablarme como en un susurro. Estaba yo aún sumergido en la cama, flotando por entre la marea del sueño, y me despertó su secreto cuchicheo. Era imposible que estuviera allí, sobre el lecho, pues no son una, sino dos, las puertas que separan el comedor de mi dormitorio. Pero las había atravesado de algún modo y vino a desvelarme con su rumor grave y sinuoso. Me pedía sosiego, paciencia y comprensión, mi mente debía acoplarse a una nueva vibración de los espacios.
No debo preocuparme, dice, si lo veo parado tan a menudo sobre el brazo del sofá o encima de la lavadora, en la galería, erguido, con las cuatro patas muy juntas y la cabeza en alto, escrutando el cielo, en el día y en la noche. Esa es tarea de gato sabio, de felino con estirpe de otro mundo.
Me pide que abra los ojos del alma y me aperciba de la realidad de las cosas. La Gran Esfinge de Giza, mucho mayor, infinitamente más antigua de lo que la ciencia falsaria nos atestigua ahora, era en realidad la encarnación mineral de un felino mayor, piedra de toque de la primera inteligencia que pobló la Tierra. Voy a contarte, murmura, la verdadera Historia…

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