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se despereza

24/04/2009


Echaba de menos este sol íntimo como un susurro que me aconseja que vaya mañana a oler el mar y a tratar de divisar los horizontes infinitos que la ciudad nubla y aborta, este calor de caricia que masajea el cuello y la espalda, afianzando los latidos que dan paso a la plenitud del mediodía del año.
Ya llegará la canícula con sus pájaros quemados y sus malas maneras de salir a la calle. Ahora es momento de disfrutar las últimas sacudidas del bostezo y sentir como todo se despereza camino de un prematuro orgullo salpicado de colores picantes. Y así, con esta calidez del aire, recobra protagonismo el trasero de las muchachas que se pasean de dos en dos desde la puerta de la cafetería hasta la barra y viceversa. Unas hablan de la interpretación de los sueños y a las otras no les salen las cuentas. Se aleja un culito delicadamente perfilado, sereno y exquisito que se mece con languidez de ninfa esbelta, una pequeña grupa compacta y espléndida, ligeramente mullida en sus intersecciones, que va en dirección a ese sol de la salida, donde el verdor de las copas de los árboles vierte su natural augurio oxigenado. Yo sólo miro y escribo, porque hay cosas que merecen ser anotadas y descritas como la venida de un ala de ángel en plena carretera del odio.

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