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la queja eterna

24/04/2009


He leído estos días, en la mala soledad de mi cuarto de baño, las razones lacerantes de Charles Fort y su larga retahíla de fenómenos que la ciencia ignoraba y malinterpretaba ya en su tiempo. Se me ha indigestado la lectura y me he ahorrado numerosísimos párrafos que he saltado hacia adelante pues, más allá de su indudable valor como tirachinas que atenta contra la presuntuosa universalidad del positivismo, adolecen de los mismos males que aquejan a cualquier oposición prolongada frente al poder establecido: una malsana redundancia en la queja que impide ejercitarse en la claridad y la síntesis. Tal cual quedó escrita, su prosa se convierte en un soberano coñazo que sólo habrán de desempolvar las ávidas manos de buscadores de incongruentes vestigios que contribuyan a avivar un puñado de fuegos desde siempre mal apagados. Francamente, uno prefiere condenarse de otros modos aún a sabiendas de que la usurpadora “ciencia” seguirá mintiendo.

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