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la barrera

21/04/2009


La chica entra en la tienda dándole al botón que conduce su silla de ruedas y la deja aparcada frente al mostrador de la entrada. Pide lo que quiere, pero el dependiente le dice que no, que no vende bolsos.
La chica con parálisis cerebral insiste. El vendedor responde que no hay bolsas a la venta. Sale de detrás del mostrador y, manifestando su afecto, le pide que se coloque más al margen del pasillo para no interrumpir el tránsito de clientes que entran y salen del local. No tenemos bolsos, explica. La chica insiste en su petición y el dependiente repite que no vende bolsos para guardar el agua. Entonces, ya saliendo de la tienda con mi compra en la mano, lo miro y le digo:

– Vaso, no bolso. Quiere un vaso para el agua.

El chico la observa algo avergonzado y pide disculpas: Perdona, cariño, había entendido bolsa, y va a buscar un vaso a los estantes del fondo.
Por momentos experimento una íntima comunión con esta chica que se ve obligada a repetir mil veces lo que desea para que le entiendan, retorciendo su cuerpo, agitándose al vocalizar cada sílaba, a sabiendas de que muchas de ellas le resultan impronunciables. Yo también me siento, la mayoría de las veces, incapacitado para hacerme comprender. Pero, a diferencia de ella, no albergo esta capacidad de resistencia, esta fuerza interior que la impulsa a persistir hasta lograr su objetivo. Me siento mezquino y triste.

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