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Satán ama los desiertos

02/04/2009


Al Gran Cabrón le pueden los retos y, aunque sepa que mucho ha de costarle encontrar hierba y carne fresca en las arenas del desierto, para allá se lleva casa y fe ciega para tratar de darle la vuelta a la deshuevada tortilla del cosmos. Qué le vamos a hacer si sentimos simpatía por los perdedores.
La lluvia del Diablo es un atractivo juguete nigromante que se toma muy en serio o tal vez sean los fanáticos del cine con cuernos los que se la tomen demasiado al pie de la letra por aparecer en pantalla Szandor LaVey, el popular fundador de la Iglesia de Satán y autor de una de tantas Biblias Satánicas que por ahí rulan. Lo que desde luego cuesta creer es que su director se tomara la historia en plan formal, pues quién tuvo a bien dirigir las trapisondas aventuras del Doctor Phibes debe de tener en la chanza uno de sus mejores aliados.
Lo innegable: que es ésta una pieza de coleccionista, un bello, oscuro y extraño cuento de terror para relatar a nuestros amigos si nos vamos de excursión nocturna a algún monte pelado. Ernest Borgnine parece haberse estado preparando toda la vida para este papel. Tanto es así que, cuando aparece transfigurado en Macho Cabrío, casi no se aprecia la diferencia.
La lógica subrepticia que mueve los hilos de la historia es un tanto tramposa, pero, ¿qué cuento de terror no lo es? Y a cambio recibimos secuencias enteras cuya preciosa artesanía nos encandila por completo, como esa imagen de dos manos humanas encarnadas en cera que se deshacen, en un arrebato de pasión conmovedora, bajo una lluvia de mil demonios.
Tiene todo su secreto, su misterio, que cada cual habrá de adivinar enfrentándose a ella alguna noche, preferiblemente de la semana que acecha. Vale la pena perderse en este desierto y echarle de paso un ojo al esplendor carnal de la señorita Joan Prather que, después de enfrentarse a Satán y a las estrecheces de una familia numerosa en la ficción, tuvo la brillante idea de llevarse a un policía por delante en las calles de Malibú. Joan, yo también odio el triatlón y todos los putos deportes callejeros que en el mundo han sido.

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