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el desgarro

31/03/2009


A la vista del tiempo, Incubus termina por ser un clásico reformulado, una pieza raramente cultivada que intenta reelaborar los resortes de unas leyendas mil veces manoseadas por aquello que en una época quiso llamarse el séptimo arte. Su interés radica, creo yo, en la aceleración del desapego y, por qué no decirlo, en la bizarría del rostro alucinado del gran Cassavetes que, desde el sesenta y ocho, quedó para siempre ligado a la voluntad genitiva de los legos de Satanás.
A nivel visual, puros setentas, pero, como casi todo lo canadiense, Incubus resulta ser un tanto espurio, un acomodo victoriano, a la vieja forma, de horrores modernizados. A la mazmorra inquisitorial, se le suma el metalenguaje del estupro en un cine. El ojo es aquí importante, el ojo de pulpa de carne y el ojo de cera. Y por más que la película se rodara a principios de los ochentas, conserva un rasgo precioso y preciso, fiel a la década anterior: la eminente sutilidad para elegirle el rostro adecuado a cada gradación de maldad y disidencia interior. De ahí la jeta sudorosa de Duncan McIntosh, la fosca represión victoriana duplicada en los rostros de Erin Flannery/Noble y Helen Hughes o, como ya dije, el perfume de insano empecinamiento que emanan la mirada y la mueca de los labios de John Cassavetes, todas esas caras dan razón de ello.
Pero lo más inquietante, a todas luces, es la forma en que John Hough encara los acosos y salvajes violaciones, en algunos casos de párvulas adolescentes con ganas de mear. La brutalidad humana transferida al monstruo, la simbología de los fríos y bífidos falos demoníacos reducida a una agresión propia de licántropos y ogros. Extraña tener que asistir al desmán de tanto exceso porque, si bien el guión rehunde los flujos helados que sitúan en el onirismo castigado el origen de los íncubos y los súcubos, su historia termina por anular el cometido de tales engendros del inframundo, puesto que la feroz criatura que violenta a las muchachas de este pueblo se muestra totalmente ineficaz frente a la culminación de sus fines: su profuso semen rojo no puede fecundar a ninguna de sus víctimas, pues el tamaño de su vellida virilidad rebasa los contornos de todos los úteros y los desgarra, saliéndose por la tangente, de modo que abandona a las pobres muchachas en el tránsito agónico de una mortal hemorragia.
Tal vez sea ésta la pena, el castigo, la tortura que abate a los demonios mal llamados lujuriosos: verse obligados a fornicar en el eterno de lo ignoto, sin llegar jamás a fecundar vástago alguno. Cómo Príapo, ellos tampoco hallarán horma capaz de abrazar la huella de su llanto, ni de recoger como un cáliz oscuro la lágrima viva que derraman en el cenit de su arcano alarido de rabia. Pobres diablos.

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