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tres reos

13/03/2009

Por megafonía no paran de repetirnos que, como consecuencia de un arrollamiento, los trenes pasan a deshora y sólo alcanzan a llegar a la primera estación de entrada a Barcelona. Pero nos lo dicen abajo, en el andén, cuando ya hemos marcado billete y no tenemos cobertura telefónica ninguna. El primer tren tarda una eternidad. Lo tomamos y, al llegar a la siguiente estación, nos obligan a pasarnos a otro. El nuevo tren tarda un cuarto de hora en emprender viaje y se demora otro tanto en cada nueva parada.
Para mi desgracia, me he sentado cerca del lavabo. Sale de él un chico aún joven, delgado y nervioso, de respiración agitada y monserga hermética, que se sienta de cuclillas junto al servicio, dándole la espalda a la puerta de cambio de vagón. Al cabo de un rato, entran por esa puerta otros dos pintas, uno se mete en el lavabo y el otro se queda hablando con el que estaba de cuclillas, se conocen. Del lavabo llega un persistente tintineo y un tremendo olor a pegamento. Sin duda, el tipo se ha encerrado a esnifar la droga más barata, la misma que debe de haber desecho las neuronas del otro par.
Cuando el menda sale del servicio, su acompañante le solicita amistoso: Dale un cigarro para hacernos un porro, éste es mi amigo, estuvimos presos juntos. Y por decisión de quienes gobiernas los raíles, nos apeamos todos en esta estación, sin mayor cesura ni censura.

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