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la casa está en el aire

24/02/2009


Fulci tiene la casita tendida, secándose en la galería. La mira con extrañeza desde detrás de los barrotes del balconcillo, no debe de entender qué hace su cobijo bocabajo, suspendido en el vacío de los patios interiores. Hubo que lavarla, eso es todo, y, por fortuna, no llueve desde hace algunos días. Él duerme enroscado y yo me rasco, pero no debería hacerlo, éste es el error de cada día. Lo evité durante un tiempo y ahora vuelve. Hay días en que a uno le abandona también la imaginación y todo se va perdiendo por inútiles rendijas que no llevan a nada. Ayer, por ejemplo, bajé un momento a la calle, a eso de las siete, y olía a mierda, a estiércol, algo muy raro en esta ciudad en la que el desecho se lleva casi siempre en la cabeza. Toda la gente me parecía pretenciosa y antipática. No, no es razonable este modo de vivir, esta sortija de púas que nos ciega el presente y lo abarata, reduciéndolo a puré de pólvoras mojadas. El arma que nos dieron ya no sirve y habrá que inventar otras nuevas.

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