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salto de altura

19/02/2009


Hace dos días, a Fulci le dio por empezar a encaramarse a los estantes más altos del despacho. Se pasea por ellos y, cuando se cansa, pega un brinco atigrado, dejándose caer sobre la mesa, el suelo o el sofá. Parece vivir una especie de rara adolescencia que lo aloca por momentos, incluso se escurre hasta el rellano y hace como que se fuga escaleras abajo, pero se detiene en mitad de su carrera, me mira y espera a que lo recoja para meterlo otra vez en casa. Algunos días me roba el celo, se lo lleva a hurtadillas y lo esconde debajo de la nevera. Como no lo uso demasiado a menudo, me doy cuenta el día que tengo que envolver algún regalo. Entonces, arrastro el frigorífico hacia afuera y me encuentro un montoncito de pequeños objetos embarullados que tengo que limpiar debajo del grifo para sacudirles el polvo. Ahora Fulci está en casa de un amigo, explorando, probablemente, los confines de su casa antes de echarse a dormir. Es pachorrón, ha salido a su padre adoptivo. El lunes, cuando vaya a recogerlo, seguramente estirará la zarpa, riñéndome, y, después, se dejará tomar en brazos, acariciar el lomo y rascar la barriguilla. Supongo que formamos una familia.

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