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tristeza y recuerdo

13/02/2009


Cuando yo era niño, mi calle estaba aún por asfaltar. Vivía en el extremo norte de la ciudad, en la última calle habitada que se veía desde el tren de salida a nuevos rumbos. Por entonces, no había allí edificios más altos de tres o cuatro plantas, la mayoría de fincas emplazaban casas de dos pisos que los mismos propietarios habían empezado a construir a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta.
Mi abuelo, por ejemplo, trabajaba de lunes a sábado en una fábrica textil. Algunas noches, entre semana, y los domingos los dedicaba a hacerse la casa, con un ojo puesto en los baldíos que lo separaban del casco urbano de la ciudad, pues, si aparecían los civiles, le caía una multa y perdía los materiales de obra. Mi abuelo era catalán, pero la mayor parte de sus vecinos acabarían siendo murcianos y andaluces.
La calle no la asfaltaron hasta llegados los ochenta, recién iniciada la legislatura de Antoni Farrés, primer alcalde democrático que resultaría reelegido en cuatro ocasiones. Abogado laboralista, Farrés siempre me pareció un hombre cabal, comprometido y digno. Un verdadero hombre de izquierdas. A finales de los noventa, al abandonar voluntariamente su cargo en el partido y renunciar, por tanto, a cualquier posible reelección, tuvo la sinceridad de confesar que se hallaba políticamente desubicado, vamos, que no había partido alguno en el que sintiera representadas sus aspiraciones.
Había empezado su mandato cuando todo estaba por hacer y, justamente, lo primero que hizo fue dignificar los barrios más desfavorecidos, afianzando la red de alcantarillado, asfaltando, acondicionando parques, edificando centros de enseñanza… Se le veía a menudo, de incógnito, echándole un ojo, a las obras. Y, la verdad, era francamente accesible. Recuerdo que incluso yo llegué a entrevistarle una vez, para una asignatura de básica, en la sala de juntas del ayuntamiento.
Antoni Farrés ha muerto hoy y, francamente, lo he sentido como algo propio. Junto a él veo morir a esa izquierda útil que alguna vez existió. Hasta hace un par de años lo oía de vez en cuando en la radio. La última vez que lo ví fue en un vagón de metro, tan alto y delgado como siempre. Aquí mi tristeza y su buen recuerdo.

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