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petazetas en el coño

10/02/2009


Siempre pensé, por pura lógica mercadotécnica, que la gracia del petazetas radica en la oralidad, que, a nivel de efervescencias venéreas, un trabajo bucal con cosquilleo sonoro acarreaba su talento. Pero, llegada esta mañana de electro y café soluble, vuelvo a tropezarme con Cristinita Percances que no cesa de pedir, gimoteando a lo hula-hula, que le ponga petazetas en el coño. No sé yo si metería mi aviesa palanca en un recogimiento con tanta ebullición golosa, prefiero el chapoteo de ordinario, las mieles que fluyen libremente de dentro a fuera. De todos modos, quién va a negarle a esta fallera trapecista del gallo su gracejo y desparpajo, su deje por momentos bajuno mezclado con el tontolux y, ante todo, quién va a arrebatarle esa voluntad inviolable de engorrinarle las meninges al prójimo con estribillos tan estupendos como ese

Pérdidas de orina,
oro en mi piel,
lluvia divina,
voy a enloquecer…

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