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Gurruchaga de los espíritus

09/11/2008


Yo, más o menos como todo el mundo, tuve un ídolo de infancia y adolescencia. Ese hombre y ese monstruo era Javier Gurruchaga. Una tarde de domingo me lleve los tres primeros discos de la Orquesta Mondragón a la fiesta de cumpleaños de mi prima, y mi tío se quedó mirando largo rato la contraportada del primero, tratando de calibrar hasta que punto su sobrino el petit, el pirulo, estaba mal de la azotea. Porque, más allá del título del L.P., que se llamaba, por si alguien lo ha olvidado, Muñeca hinchable, el reverso presentaba a Gurruchaga haciendo de vientre en un retrete y un retrato que a mi siempre me hizo muchísima gracia: él y Popocho sacándose sendas salchichas de frankfurt por el hueco de la bragueta, como si fueran otra cosa –yo hacía lo mismo, pero con el dedo, unas risas tontas que ni les cuento.
Lo primero que escribí y que me publicaron fue, justamente, una crítica musical en que dejaba por las nubes a la Mondragón y por los suelos a Mecano. La acompañé con un dibujo de la portada del Muñeca hinchable y, aunque el texto era una mierda, lo publicaron en el primer número de la revista del colegio que, no me acuerdo muy bien cómo, dónde, ni porqué, bautizamos con el nombre de El Fisgón.
Por aquel tiempo, vendían unos rollos planos de regaliz que iban metidos en un envase que simulaba la portada de un disco de éxito. En aquello me inspiré para hacer mi dibujo que, supongo, traté primero de calcar, inútilmente. Que, finalmente, no lo calque, a la vista queda hojeando El Fisgón, amago de revista que hacíamos a mano y a máquina, a base de originales con fotos y dibujos pegados con cola, que después fotocopiábamos, grapábamos y vendímaos de baratillo. Vamos, como cualquier fanzine de la época. Por ahí debo tener guardado mi único ejemplar con tapas azules.
Yo detestaba a Mecano porque eran los favoritos de mi hermano -sino, los hubiese ignorado- y, a causa de esa mala afición fraterna, me sabía todas sus letras de memoria. A mi pesar, tenía metidas en la mollera algunas de esas horripilantes rimas que me hacían sentir vergüenza ajena. Ahora, a muchos les parece que aquello era bonito y hasta se gastan los cuartos yendo a ver los musicales –incluido un espectáculo infantil que deberían juzgar en La Haya antes de que sea demasiado tarde.
Yo vi a Mecano en directo en dos ocasiones y nunca me convencieron. La Mondragón era otra cosa, ni punto de comparación. Los guitarristas, empezando por Jaime Stinus, le daban al voltio y el binomio Gurruchaga-Popocho no dejaba nunca de sorprender y divertir al público. Cuando no te salía de marinerito, te salía de mosca. Y la versión de Lola, Lola en directo era la bomba.
En este país de patanes y furcias embozadas en el que todos se tomaban en serio, Gurruchaga y su troupe se reían hasta de la madre que los parió. Y, además, traían portentosos enanos y señoras orondas, el circo del mundo estaba todo allí, reconcentrado: el amor y la guerra, el humor y las guarras, rock y circo. Bendito y aguerrido Gurruchaga de los espíritus…

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