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carne quemada

04/11/2008


En el desierto olía a pura carne quemada… cantaba el corrido y Nicolás lo oía engullendo sus buenos tacos placeros. Traía hambre de caballo y ya estaba harto de comer aritos y demás rebozados, por eso aprovechó la caída en gracia y se zampó todo lo que pudo mientras Miguelita bailaba sin redoble de tambores.
La norteña había intentado ganarse el pan en una granja de avestruces, pero el negocio se fue a pique por falta de reglamentación y entonces se acordó de lo mucho que le gustó en su día Coyote Ugly, se las ingenió y, en cuatro días, se había convertido en la atracción de la cantina Siete Machos, que ganó en competencia al Bellflower. Y eso que la moza no sabía bailar tejano. Pero cocinaba buenos tacos y el Visitador lo agradecía.
Ventilada la cena, se sentaron a ver la tele, una película del ochenta y cuatro sobre un indio loco y vengativo que les jodía la vida a cuatro psiquiatras. Yo la vi allá por el noventa o el noventa y uno, en alquiler, y me pareció floja. Hoy tal vez cambiara de parecer, pero la que importa aquí es la opinión del hombre pequeñito que es incorruptible. Y él lo pasó bien con tanto desierto espinado y esa sobredosis de pieles de conejo. Jauja.

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