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por dónde se empieza

02/11/2008


Ilina
se moría de ganas de ser madre, quería sentir florecer el fruto de su vientre, palparse las mamas colmadas de leche… Cuando vio salir al Visitador, pensó que acababa de alumbrar un niño raro, lo tomó con ambas manos y acercó la boca del hombre pequeñito a uno de sus pechos. Pero Nicolás no era su hijo, sólo venía a bailar. Ella lo sentó en la única silla que había en el cuarto y danzó para él y para si misma.
El Visitador nunca ha entendido esa fea costumbre de colgar pañuelos en las paredes como elemento de decoración. Los tapices, piensa, tienen su razón de ser cuando son grandes y cubren las frías y húmedas paredes de algunas mansiones antiguas, pero, ¿un pañuelo como éste? ¿Para qué? Luego, pasado un buen rato, lo descubrió. Ilina lo montó a caballito sobre los hombros para que Nicolás alzara la parte baja del pañuelo y metiera la cabeza debajo, como uno de esos ceremoniosos fotógrafos decimonónicos. Pegó su diminuto ojo al pequeño agujero abierto en la pared y pasó sus buenos minutos observando el palomar de los Saravia, espléndidos colombófilos de la Villa.
También se paseo entre los vestidos del armario empotrado y, antes de irse, le recomendó a la muchacha que se echara un novio, que, para eso de la maternidad, por algo se empieza…

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