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leotardos azules

02/11/2008


Por razones que no conviene explicar, el Visitador precisa jugar con el destino, un poco como si saltara a la comba con los agujeros de gusano, con las arrugas del tiempo y los puntos de fuga de la mayestática cósmica. Todo lo cual le empuja al atrevimiento de presentarse ante más de una hembra joven a la vez, danzando de una a la otra, de la otra a la una, cual cobra entre dos faquires lisonjeros, faltos de cariño y zurriagazo.
Eso sólo se lo consiente Nicolás a si mismo cuando las muchachas han perdido buena parte de su raciocinio por causa de la ingesta de alcohol y otras sustancias que modifican su ángulo de percepción y las conducen a creer que aquello que ven, oyen y sienten es el producto de la prestidigitación neuronal, que únicamente existe dentro (y no fuera) de su cavidad craneal, surfeando en la turba blanda y gris de su cerebro.
Dadas tales circunstancias, el Visitador se siente libre de polvo, paja y culpa. Nellie y Katel llegaron muy borrachas al apartamento de Benidorm. Tan ebrias estaban que se rotularon los cuerpos y, en clásicos paños menores, trataron de coordinar una danza con mensaje. En tal locación, Nicolás corre el peligro de perecer aplastado por la caída de dos masas anatómicas deslavazadas y mal avenidas. Pero, sobreviviendo al baile, se permite el lujo de entrar por una puerta de carne y salir por la otra, de tironear los tirantes elásticos de las combinaciones, zas! zas!, e intercambiar las gafas de las agotadas turistas sumidas en la mona que han insuflado pésimos licores de garrafina.
Y no sólo de alcohol viven las noches experimentales del hombre pequeño, hay otras sustancias que las propician. Mari y Amparo se extasiaban al verlo correr, ir y venir, penetrar el vórtex de una y emerger por la ranura filosófica de la otra. Doncellas atrapadas en desfasados bailes de MDMA y leotardos azules. Dos primas solas en la casa de veraneo de un padre fabricante de muebles, Vis cómica no les falta, pensó Nicolás, y se sentó con ellas en el sofá a ver la teletienda, bucle tras bucle, hasta que le entraron ganas de hacer pis y hubo de desaparecer (más o menos) por donde había venido. Pues el Visitador, lo crean o no, orina siempre en mitad de sus viajes para ensuciar, ni que sea un poco, la puñetera Nada.

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