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pasatiempo en las cajoneras

01/11/2008


El Visitador vive cautivado por los dormitorios de las jovencitas. Gusta de pasar largos ratos reposando y revolviéndose en el interior de las cajoneras, entrando y saliendo de las coloridas cajas en las que esas chiquillas esconden sus más preciados tesoros. Brinca encima de la cama, escudriña el fondo del ropero y echa sus buenos vistazos a los estantes en los que se apilan unos pocos libros, compactos, videojuegos y deuvedés.
La habitación de Nurba fue un hallazgo y su cuerpo, confiado y formidable, un atracción que, en verdad, el hombre pequeño no esperaba. Aunque el Visitador nunca espera nada, él siempre encuentra y por eso no pierde jamás la capacidad de maravillarse.
Nurba se contonea, se agita, como si su vientre y el conducto que lo conduce a la desembocadura fueran presa de espasmos gozosos. El Visitador se coloca, en pie, bajo sus muslos abiertos, acampanados, y rota sobre si mismo, provocando un diminuto tornado que refrigera el sexo ardiente de la muchacha, permitiéndole continuar el baile sin desvanecerse. Pero hay un punto en el que la joven no puede aguantar más y debe detener la melodía. Nicolás dormita sobre sus pechos y penetra ligeramente su ombligo antes de abandonar la estancia traspasando la mejor de sus puertas de salida.

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