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Nicolás y Alejandra

01/11/2008


La primera vez que Nicolás visitó a Alejandra no fue por casualidad, fueron los estrógenos. Allí trazaron su primera coreografía. El Visitador no suele repetir visita, va una vez y no vuelve. Pero Alejandra es la excepción marcada por la regla. Los motivos para retornar son diversos y constantes. A Nicolás le fascina el dormitorio de esta señorita, le encanta husmear en su armario y, sobre todo, meterse en su oso de peluche para hacer diabluras. Y, a qué negarlo, Alejandra es una criatura apetitosa y de retozo fructuoso. Se gustan el uno al otro, perfilan nuevos bailes, contorsiones pélvicas, sinuosidades de locura. Nicolás se sienta en la cama y sopesa la masa de las nalgas en su cara, o enlaza sus cuatro extremidades a los muslos de la chiquilla que alza las rodillas redoblando el gozo del Visitador.
Cuando la belleza y el deseo son tan punzantes que amenazan con atravesarle el corazón de parte a parte, Nicolás se dispone a desparecer por la misma húmeda abertura por la que ha emergido, pero Alejandra se lo impide, deteniendo su embestida, risueña, colocando la palma de su mano sobre la cabeza del Visitador. El hombre pequeño prorrumpe en bufidos como un toro sólo visible a los ojos de la chica. Al final se calma y sigue el baile, una danza que puede durar horas, noches enteras.

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