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el exilio de la reina

28/10/2008


Un juguete carísimo, eso es Speed Racer, una huída de la realidad – que no sé si del realismo- no exenta de interés, pero carente de hálito orgánico, de vida terrestre. Personalmente llega a angustiarme: su formulación plástica, aséptica, claustrofóbica, empequeñece el alma. No hay un sólo elemento respirable, oxigenante. Uno se aterra al pensar lo que podría ser vivir en un universo como el que propone la película. Aunque tal vez sea precisamente esta entidad artificial la que la reduce a juguete y la libra de mayores responsabilidades.
Fascina y corroe el camino que toman ciertas tendencias en apariencia integradoras, pasear el ojo sobre 300 y Speed Racer da que pensar, siente uno derretirse el mundo, hacerse polvo la esencia de las cosas. Y la cuestión es saber si esta transubstanciación es transitoria, si supone la necesaria caída del telón para dar paso a un nuevo acto pleno y revitalizado o si, por el contrario, es gravitatoria y definitiva.
Speed Racer me ha recordado Tron. Pero allí, la chica tenía más calibre y empaque. Aquí, tan devaluada y perdida Christina Ricci sólo se salva en los planos de cabreo de la carrera en la que participa como piloto. Tristes momentos para los acólitos de la Reina Cabezona que pedimos a gritos consistencia en sus excesos y carisma en sus hazañas. Mas, volverá coronada emperatriz, nadie lo dude, nadie decaiga

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