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Mecanuscrito de la subnormalidad sempiterna

23/10/2008


Cuentan que hubo un día en el que los representantes de un teatro oficial, subvencionado, llamaron por teléfono a la familia de Manuel de Pedrolo con la intención de negociar los derechos de uno de sus libros de cara a estrenar la correspondiente obra teatral durante la temporada subsiguiente.
Aquello representaba una alegría para los Pedrolo, puesto que la obra dramática del escritor nunca había sido representada en teatros oficiales. Sin embargo, su buen ánimo se vino abajo cuando el responsable de aquella importante sala subvencionada aclaró que no era su intención poner en escena ninguna pieza teatral del autor, sino adaptar su novela más popular, aquella que los alumnos de todas las escuelas habían leído de forma obligada y que ya había sido adaptada a la televisión y al tebeo: Mecanoscrit del segon origen. Vamos, que iban a lo seguro.
Hoy, el Teatre Nacional estrena un musical inspirado en Aloma, una de las novelas de la escritora Mercé Rodoreda, de quién se celebra el centenario de su venida al mundo. En poco tiempo se han estrenado no menos de tres adaptaciones escénicas de sus novelas. ¿Éste es el mejor modo de celebrar su centenario, llevando sus novelas al teatro? ¿Acaso no hay suficientes dramaturgos clásicos y contemporáneos en lengua catalana para llenar la programación de estos teatros? ¿Debe una institución pública subvencionar tales refritos y pagarle la sopa boba a una compañía consolidada y con capital propio afianzado como Dagoll Dagom? ¿No se supone que debería invertir en nuevos valores, en piezas de carácter experimental y, si cabe, minoritario? ¿Es mucho pedir que una sala teatral represente obras originales pertenecientes a cualquier género de las artes escénicas?
Celebrar el centenario de una novelista adaptando sus obras para estrenarlas en el teatro público supone una triple traición: para empezar, se da por supuesto que nadie ha de leerlas y que es necesario regurgitarlas y dárselas al espectador en forma de puesta en escena. En segundo lugar, significa ningunear la obra de autores verdadera y originalmente dramáticos que nunca han de ver sus piezas representadas. Y, en tercer lugar, se facilita que sigan medrando los parásitos de siempre que, si alguna vez propusieron algo nuevo, llevan demasiados años apuntándose a la moda facilona de lo que se lleva, y encima con dinero de las arcas públicas.
No lo duden, en primera fila, aplaudiendo, estarán los de siempre, los verán esta misma noche en los medios oficiales.

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