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trasera

22/10/2008


Leo. Corrijo. Escribo. Respondo. Aclaro. Comento. Y afuera hace ya algo de frío bajo ese cielo encapotado y mustio del primer invierno, un otoño con visajes de diciembre malcarado. Acabo, en la cocina, con los restos de comida que fue dejando el fin de semana: dos muslitos a la plancha, un par de patatas cortadas muy finas dentro de la olla, con dos dientes de ajo que le den sabor. Fulci sumergido en su sueño de párpado apretado y pata estirada. El teléfono lleva casi una hora sin sonar y he apagado la radio para deslizar estas líneas sobre la pantalla. Mi vista se pierde entre los archivos desperdigados sobre la superficie azul del escritorio, alrededor del rectángulo que conforma la página: programas, carpetas, imágenes, escritos… Y, sobre la mesa, un libro de memorias, dos bolígrafos y un rotulador. Las patatas hierven y el pollo destila una ligera humareda especiada. Fulci no cambia de posición y despliego el mantel para cubrir la mesa: servilleta de papel, tenedor y cuchillo, la botella de agua. Sólo eso. A mi derecha, cuatro gatos me miran desde un costado del frigorífico y, a través de la puerta, veo una pequeña porción de la galería y dle patio interior: la trasera de uno de los bloques de viviendas. Todo gris. Mantengo el corazón caliente y el calor me abre el apetito.

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