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el alimentador

12/10/2008


Durante un verano, estuve trabajando en una planta encuadernadora. Empecé cortando cartones, como alimentador de unas máquinas que guillotinaban las enormes láminas marrones en rectángulos cada vez más pequeños y ajustados. Los retales sobrantes se cargaban sobre un palé y se llevaban a una habitación horrible donde se acumulaban los restos inservibles de toda la fábrica. Cuando había material suficiente, se ponía en marcha el dispositivo succionador que prorrumpía en un alarido grave y espantoso, empezaba a engullir todos aquellos pedazos de papel y cartón y los apretujaba hasta conformar una especie de paca de papelamen ultra-concentrado que más tarde debían de vender a peso para su reciclaje.
A medida que pasaban los días, me hacían rotar de una máquina a otra, de modo que trabajé en las encoladoras, surtiendo las cubiertas y ordenando las pilas de volúmenes acabados.
En tan breve periodo veraniego, recuerdo haber contribuido a encuadernar obras de Josep Pla, Sagradas Biblias y atlas astronómicos. De todo. Si alguna vez había sentido deseos de ser escritor, allí pude ver quiénes son los que, de verdad, “hacen” los libros: obreros de toda edad y condición cuyo tema de conversación en los vestuarios era el nuevo coche que pretendían adquirir o la farra que iban a correrse el próximo fin de semana. Algunos eran amables, te hablaban de sus novias y podías tomarte unas cervezas con ellos en cualquier terraza, el sábado a mediodía. Pero te miraban raro si decías conocer a quién cojones había escrito el taco de hojas cuya verticalidad controlaban a ojo en la línea de encolado.
Cuando vi “Harry e hijo” por segunda vez, fui capaz de entender infinitamente mejor la reacción del joven Howard (Robby Benson) cuando lo plantan, vestido con su traje, frente a una máquina de cortar cartones y le dicen que su papel es muy importante, es el alimentador y debe surtir regularmente con 50 piezas a la cadena de montaje, ni una más ni una menos. Howard se da cuenta enseguida de que aquello es una trampa, de que el alimentador no es otra cosa que un esclavo y, como es natural, dobla la cantidad de unidades , colapsa la cadena y manda al carajo el sistema entero. Y se marcha muy contento, poniéndose la americana , pensando que lo que acaba de hacer podría ser un magnífico argumento para su próxima novela.

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