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platos y cuchillos

22/09/2008


Ha llegado ese primer frío incómodo del otoño, una lluvia tímida que acaba por cobrar la confianza suficiente que le permita apoderarse del día, tamizándolo de un gris descolorido y desagradable que inunda la calle del color de los bordillos. La gente grita, habla, corre y se mueve como si aún fuese verano, pero el tiempo ha vuelto a apuñalarnos por la espalda, a calarnos las mañanas y a precipitarnos las noches.
Lavo los platos y me contamino del repiqueteo huraño de la lluvia. Voy colocando platos y cazuelitas, vasos, tazas y cubiertos. Me siento impelido por corrientes fluctuantes, como si me hallara en el fondo de un mar pesado y transparente, siento mis pies metidos en botas plomizas y mi cabeza casi aislada en el interior de alguna escafandra. No pongo música, manda la lluvia.
Fulci duerme en el sofá, aunque ya tiene una nueva camita, porque hoy cumple un año y le han traído latas, una pelota, un plato nuevo y yo eso: una cama nueva que sustituya la que destrozó hace ya su buen par de meses.
Fulci es noble y amable, digno valedor de esa elegancia intrínseca que acompaña a su raza y especie. Hermoso y limpio como debería ser el honor de los hombres, me mira con ojos profundos, puede que tristes, puede que simplemente atentos. Sabe que quiero volar, atravesar el cielo hacia el único lugar donde mi sed se calma y mi vida significa. Me mira y luego sigue durmiendo en su misterio indemne, largo e insondable.

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