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>una manera de despertarse

07/07/2008

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Estoy en mi cama, es de noche. Al menos, en el reverso interior de mis párpados la oscuridad es absoluta. Y, como es de noche, duermo.
Estrépito de vidrios o algo similar que se quiebra en algún punto de la casa.
No hago mucho caso, pero igual voy a levantarme.
Antes de salir del dormitorio ya oigo el primer maullido quejumbroso: es Fulci. No está en el piso. Se ha escurrido por el hueco de la ventana entornada del pasillo, entre la varilla que sirve de gancho para que no se abra ni se cierre del todo, y el alféizar.
Fulci se a precipitado al fondo negro del patio interior. Muchos metros abajo. Y yo sólo veo lo negro, porque el sol está aún por salir. Veo lo negro y oigo su maullido quejumbroso, casi el llanto de un niño chico. Me desespero.
Bajo a la entrada del bloque, pero las dos ventanas de la portería están cerradas y enrejadas. Despierto al joven vecino de abajo: va a mirar, pero sólo tiene una ventanita que da a un techo de uralita.
Salgo a la calle, el portal del bloque de viviendas más cercano está a la vuelta de la esquina, todo lo demás son tiendas que abrirán, lo más temprano, a las nueve. Desde una de esas tiendas, posiblemente la más cercana, podría accederse al patio a ras de suelo.
Y Fulci llorando en lo oscuro.
Trato de recuperarlo descolgando una caja con una cuerda. pero no se mete dentro. Me desespero aún más, porque no lo veo bien –además de la oscuridad, está mi miopía. Pienso que debe haberse roto algo. Llamo al 012. Luego a la policía local. Ellos a los bomberos. Y los bomberos llegan: cinco hombres fornidos con casco y uniforme. Ellos si ven a Fulci. El cabrón está perfectamente. Buscan maneras de acceder a puertas y ventanas, pero tampoco las encuentran. Descuelgan la jaula de transporte con comida dentro –yo también había intentado el truco de la comida con la caja- y nada. Derraman una taza de agua sobre él, con intención de que su instinto le obligue a resguardarse dentro de la jaula y luego izarla. Pero Fulci huye en dirección opuesta, alejándose unos metros del transporte.
Yo pidiendo disculpas: ustedes tienen cosas más importantes que hacer. Y ellos pacientes y amables: no te preocupes, para eso estamos.
Al final, desenrollan la escalera, dos la sostienen, otro baja. Y Fulci vuelve a estar aquí, pachorrón, despatarrado en el suelo como una mopa.
Los cinco bomberos se van, él último me toma los datos, me dice que él tiene seis gatos. Yo le digo que Fulci es un saco de pelo y complicaciones. Demonio, pero que contento estoy de continuar teniendo esas complicaciones y de poder contar con un cuerpo de bomberos tan fatástico. Aunque confío en no tener que volver a molestarles, ¿verdad Fulci?

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