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festejaba Casimira

01/07/2008


Con el verano en el lomo, a Fulci le ha dado por esparcirse encima de la mesa del comedor. Cuando llego a casa me lo encuentro de medio lado o despatarrado, cuan largo es, sobre la madera lisa. Lo arrastro y se desliza como una mopa hasta el borde y, ya allí, cae de cuatro patas sobre las baldosas. Se queja con un maullido, remolonea, finta merodeador y, según la hora, sale a curiosear por la galería.
Ahora descansa en el sofá, a todo pelo.
A Fulci no le gustan ni el reggaeton, ni la bachata, ni mucho menos esa mierda que ahora llaman bachatón. Pero a mis vecinos sí. Mis vecinos parecen carecer de tímpanos, o tal vez sufran de alguna suerte de daltonismo auditivo. La otra tarde, una señorita –o señora- amerindia, muy briaga y canina, trataba de acompañar con nota aguda de desgañite, un repertorio de perreo viejo, ya caduco. No fue sólo la tarde, la insufrible rompevidrios estuvo berreando desde el mediodía a la caída del sol.
No había yo oído entonar y atinar peor en toda mi vida. Le puse Mi Chorro de voz, para ver si cesaba el graznido, pero no se dio por aludida. Y el pobre Fulci con una carita de pena, penita, pena, que parecía Juan Simón caminito de la fosa.
Por eso, aunque simpatizo con las letras mastuerzas del perreo guarro, me privo de adquirir nuevos compactos. Por solidaridad con Fulci y para evitar que mi vecina vuelva a darle al trago y pretenda corear sus agudos a patio abierto. La Virgen nos proteja.

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