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once años

28/04/2008


Once años, bajo el toldo a rayas y tu camiseta favorita. Con fondo de coches y edificios esquinados como los que había más arriba de mi barrio. Daba uno tumbos por las plazas interiores de aquella zona cercana al colegio La Roureda.
Había que esperar mucho para ganar turno en la pista del mini-baloncesto y me metía en la librería, demorando en elegir mi sobre sorpresa. Pasábamos de largo frente a la floristería en la que mi madre compraba semillas y plantas y también los ramos para Todos los Santos. Atendía un hombre bueno con cara de reptil insolado sobre la polvareda seca y clara del Sur.
Me gustaba quedarme atrás en la pescadería, acercarme un rato a mirar el contenido de las cajas de madera alfombradas con hielo. Una fila de sillas recibía a las ancianas que dejaban la cesta en el suelo.
Eso era bastante antes de tus once años y también de los míos. Tuve un arco y flechas de ventosa, unos cuantos revólveres plateados de plástico. Y uno marrón, metálico, que parecía de verdad y quemaba pistones. Quería atracar una tienda de juguetes con una pistola de juguete. Mal plan.
Robé Mazinger Zetas, complementos de los clicks, miniaturas y otras banalidades. Barajas de cartas, algunas obscenas. Eso fue en la mercería en la que también vendían juguetes. En el pueblo.
Mi bici era vieja y la pinté de azul. Me gustaba dar vueltas alrededor de la hilera de casas que formaba mi calle y a veces me escapaba hasta la riera, subía el promontorio hacia la zona de campos y urbanización, o me escurría por debajo del puente sobre el que pasaban los trenes. Brillaban pedazos de cristal, mosaicos y cascotes de obra.
Un caballo arrollado por el tren, alzado por una grúa.
Triple fila de utilitarios frente al taller mecánico.
La entrada de la casa de la modista.
Mezclado todo, el antes y el después de nuestros once años. Los toldos verdes de la Plaza Llívia y los rayados de tu norte en estío. Tus pies, siempre pequeños, marcándose en arenas húmedas, mojadas… Y mis ojos cerrándose para escuchar lo grabado en cintas de cajas blancas, naranjas y negras.
Vengo a caer en esta intrincada comisura del tiempo, de veranos, otoños, primaveras e inviernos, del montón de arena y gravilla en la acera. Sangre, rayuela y pilla-pilla, la vecinita en el suelo del pasillo, auscultada por mi oído de médico inocente y carente de remedios para la tos.
Cada noche que pasa te tengo más cerca.

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