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historias absurdas, personas ridículas

20/12/2007

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Algunas tardes, antes de subir a escribir a casa de R, me entretengo unos minutos hurgando en los cajones de una librería de viejo que queda en el punto medio de la calle en que vive. No de otro modo he logrado hoy cuatro libritos de la Colección Universal publicada por Calpe en la década de los veinte del siglo ya vencido.
Entre ellos se encuentra La educación de las niñas, un tratado pedagógico que François Fénelon escribió en 1680 por encargo de los duques de Beauvilliers, quiénes tenían la intención de mejor educar a sus hijas. En él, recuerda este autor nacido en Perigord, que “los niños aman apasionadamente los cuentos absurdos; se les ve todos los días repletos de alegría o derramando lágrimas ante la narración de las aventuras que se les cuenta. No dejéis de aprovecharos de esta inclinación. Cuando los veáis en disposición de escucharos, contadles alguna fábula corta y bonita; pero escoged fábulas de animales, ingeniosas e inocentes; presentadles estas fábulas como que son; mostradles su lado serio. En cuanto a las fábulas paganas, una niña que las ignora puede considerase feliz en la vida, puesto que se hallan plagadas de impiedades absurdas. Ya que no podáis hacérselas ignorar completamente, inspiradles horror por ellas.
¿Será por eso que ahora nos tratan a todos como niños y nos recuerdan, tal que fuéramos idiotas, que no debemos descender a la vía del metro? ¿Noticiarios? ¿Encuestas? ¿Tertulias?
Probablemente, por idéntica razón, tan a la moda de hoy se ciñe esa costumbre de imitar a los pazguatos, cortos y oligofrénicos con ánimo de triunfo. El propio Fénelon, a quién el catolicismo aún no había privado de toda lucidez, advertía un puñado de páginas antes que hay que evitar que las niñas se burlen e imiten a “las personas ridículas, porque estos gestos burlones y cómicos indican algo bajo y contrario a los sentimientos honrados. Y es de temer que los niños los adquieran, porque el calor de su imaginación y la flexibilidad de sus cuerpos, unidos a su jovialidad, les facilita adoptar todo género de formas para remedar lo ridículo que ven.
Esta tendencia a imitar de los niños produce infinitos males cuando se les entrega a personas sin virtud que apenas se contienen ante ellos.

Oh, políticos… políticos… democracia… democracia… Quién dispusiera hoy de un rifle y de un campanario…

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