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06/12/2007

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Por la línea del recto horizonte, veo llegar los tiburoneros que, a falta de escualos, han arponeado un enorme silencio. Ninguno de ellos se atreverá a bajar a tierra para despiezarlo y repartirlo.
El silencio pende del garfio mayor y se tambalea con todo su peso, como la versión agigantada de una de esas bolsas de agua que los veraneantes cuelgan en los patios para alejar los mosquitos. No, mejor no espantar a las gentes del puerto y de la lonja, ni a las rameras, ni a las esposas. Hay que pisar la solidez terrestre si no se quiere caer en la locura que desentumece viejos monstruos sumergidos y afina lunáticas voces que llaman a adentrase entre los fierros filosos de la cocina. El mar como un ojo inquieto, frío y perdido.

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