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>vermú rojo

02/12/2007

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Dormí poco y, a eso de las once menos cuarto, subí a Manresa en el coche de unos amigos. Habíamos quedado con más gente para tomar el vermú. En el bar, éramos quince adultos y cuatro niños de los que el único varón está plenamente convencido de saber volar. Si aún no lo ha demostrado, afirma, es porque no tiene capa y hasta el más cochambroso de los directores de la serie zeta sabe que sin capa no se vuela.
El tiempo de los niños, inevitablemente distinto al de sus mayores, empapa los bordes de este domingo de aceras vacías y secos tendederos. Y el vermú rojo, pese al hielo innecesario, atrae la prosodia de lejanos mediodías de tapete largo, chipirones, olivas y cortezas, en el comedor o en el patio, y las nietas de la vecina asomadas al terrado, queriendo jugar a ser princesas. Las baldosas de barro tostado y las tejas rotas, la verja de alambre colmenero que separaba los dedos de ellas de los nuestros, hasta que alguien (casi siempre nosotros) se escurría por los bajos retorcidos o brincando por encima. Nos asomábamos a ver la calle o los patios de más allá, subíamos y bajábamos las escaleras, acariciábamos el ramaje hosco de la higuera. Nunca entendí nada y sigo sin comprenderlo.
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