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>hueso y pan

24/09/2007

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A mi, hubo una chica que me dijo que no porque le hacían ruido las muñecas. Nunca se lo he contado a nadie porque no sé contar estas cosas y me sale más a cuenta dejarlas tendidas en el secadero de la memoria, como carretes recién revelados a los que uno espera que endulce el cálculo exacto y químico del líquido fijador. Decía aquella niña melosa que oía un solo de huesos en cada giro brusco de sus manos y que por eso se negaba a acoger entre su línea de la vida y la de la fortuna el miembro henchido de sangre y ardor de hombre alguno. Y, esa tarde, yo era alguno, derramando un ápice de ardor sobre el ojo negro raso del suelo de la ducha.
Para enmascarar el chasquido imaginario de sus articulaciones, llevaba pulseras sonoras: una con bolas de madera y la otra ensartando diminutas conchas marinas. Hoy me acordé al ver una de esas otras pulseras que regalan en el chino, con gomita polucionada con imágenes de santos.
El pan se está secando sobre un ángulo de la mesa.

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