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>chicle

16/09/2007

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El hombre de las empanadas escribe libros esotéricos. A su esquina van a reunirse los desperdigados estómagos de jóvenes que aún no han acabado de conocer la infame ventaja de la plusvalía. Dos de atún, una de carne estilo criollo y un alfajor de dulce de leche con chocolate. Las especialidades de la casa y, para empujar, una cerveza.
Encuentro las calles demasiado secas, por algún motivo ariscas. Y pienso en la morenita que hace dos días me preguntó por las señas de la oficina de Correos. Sólo tuve que señalar enfrente, a la otra orilla de la calle: Ahí, dónde el rótulo amarillo. Sonrió con vergüenza de entretiempo y me dijo si quería un chicle de los que ella se estaba echando en la palma de la mano. Y respondí que sí, que gracias. Anduve masticando la goma durante más de veinte quilómetros de túneles y raíles. Luego fue el croissant y el café con leche, la espera a los alumnos, el semblante triste de la chica de los gatos.
Olvido a menudo el sabor oblicuo de la menta fresca.

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