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>boxers

09/06/2007

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Camino, con mi hermano, por los largos y estrechos corredores de un mercado subterráneo. Al fondo de un pasillo se encuentra un pequeño establecimiento con mostrador y estantes de madera. Se trata de una tienda de fotografía y artículos de regalo pero, en el margen derecho, pegada a la pared y sobresaliendo del mostrador, hay una estantería repleta de libros. Mi hermano se fija en unos, menudos y coloridos, de Walt Disney que, el vendedor se apresura a presentar como una ganga. Yo, en cambio, me concentro en dos tomos grandes, con sobrecubierta plateada, dedicados a Diego Armando Maradona. Mientras ojeo el índice onomástico y paso algunas páginas, recuerdo –veo con diáfana claridad- algunos de sus goles.
Y eso es lo importante: veo cuatro o cinco goles de Maradona que nadie debe haber contemplado nunca. Todos soberbios, poéticos, supersónicos. Para mi, contemplarlos desde el recuerdo resultaba por si mismo, un pequeño milagro. En uno de ellos, Dieguito corre desde la frontal de su área hasta meterse en la chica, da un giro de ciento ochenta grados, finta, regatea a dos delanteros del equipo rival, avanza, ya en dirección a la portería contraria, con el balón en los pies, sorteando a laterales y centrocampistas. Se detiene una milésima de segundo frente a dos defensores en el traspaso del área grande, luego esprinta pasando entre ambos, dribla al portero y se mete él mismo entre los tres palos. Una puta obra maestra que –sé que resulta difícil de entender- es del Diego: un gol suyo, ni forzado, ni exagerado, ni imposible para él. Y, como éste, repito, veo tres o cuatro más mientras le echo un vistazo a los libros que, por supuesto, deposito sobre el mostrador dispuesto a llevármelos a casa. Llevan la etiqueta con el precio: el segundo volumen vale 10,90€ y el primero, rebajado, sólo cuesta nueve con veinte.

Ahora acompaño a una chica morena y extranjera, bastante delgada. Es la mezcla de dos mujeres que conozco por circunstancias muy diferentes. Está triste, porque se ha quedado embarazada y recorremos sitios diversos con el fin de calmarnos un poco. Bueno, soy yo quien la tranquiliza a ella.
Al final, se sienta en la silla giratoria de cuero negro de su piso de paredes blancas, frente al ordenador de pantalla plana. Yo me acomodo en un taburete, a su izquierda. Parece de mejor humor y le acaricio amistosamente la espalda, dándole calor. Me sonríe y, entonces, me doy cuenta de que llevaba los pantaloncitos –una suerte de boxers negros- medio bajados, de modo que, sentada como está, puedo verle los muslos entre la rodilla y la cintura. Le paso de nuevo la mano por la espalda mientras aproximo mi rostro al suyo, que también se adelanta. Le beso la mejilla. Dudo un instante y nos besamos en la boca. pero yo apenas separo los labios secos por causa de la duda. Ella me mira con el rostro más hermoso que haya visto nunca: los ojos negros brillantes, los cabellos largos y oscuros, ligeramente ondulados, cayéndole sobre el rostro moreno. Pregunta: ¿No combinas? Y vuelvo a besarla en la boca, pero sin atreverme a penetrarla demasiado. Entonces, manteniendo la sonrisa, repite la pregunta completando su significado: ¿No combinas conmigo de siempre? Y me dispongo a fundir nuestras lenguas con mayor fortuna cuando salgo precipitadamente a la claridad del sol de este día que penetra en mi cuarto a eso de las nueve de la mañana.

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