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>trébol

07/06/2007

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Dice que necesita encerrase a llorar y vaciarse de sal para calmarse. Y no le hace falta para ello ni aprobación, ni consentimiento por mi parte. Por eso no insisto, me callo, aunque hubiera preferido verla por unas horas, desde luego.
La tarde se derrite como un pegajoso juego de niños en el que todos salimos perdiendo un poco más de tiempo y de vida. El ocaso me sorprende observando las plantas que ahora riego, toco, mareo. Las campanillas del trébol multiplicando el lila junto al rojo desprotegido y empolvado de las begonias.
No sé por qué llora, pero me tranquiliza saber que este vacío no me mueve al recuerdo. Siento la espalda tranquila, el ánimo fluye, se adhiere al presente, se torna más fiel a sí mismo.
Ella llora en su cuarto y yo escucho música. Mañana me espera la chica rubia, un vestido alegre sobre perfiles modernistas y el sabor de los jugos tropicales ardiendo en el alcohol dulce que resbala a contrapelo de las copas.
Alfred Arnold está conmigo.

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