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>un rato en la azotea

12/05/2007

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Cuando llego a la puerta del bar en el que hemos quedado, encuentro a los dos primeros sentados en un banco, esperando a que abran. Me hacen sitio y empezamos a reírnos. Ya dentro del local, nos recibe el desgañite arropiero de Camilo Blanes y la melaza insoluble de José Luís Perales. Luego parece que la música se repone un ápice engañoso hasta que desaparece, transmutada en el sombrerito que se encaja una de las camareras detrás de la barra.
Llega el tercero. Los cuatro nos conocemos desde los tiempos de la facultad y siempre que me cruzo con uno de ellos nos proponemos un tarde de charla y cerveza. Hoy la promesa se cumple y, entre jarras heladas y un par de tapas, nos contamos un poco lo que hacemos, pendulando, ligeros, desde la risa floja a la carcajada, de la sorna al flagelo de la vida en matrimonio. Porque dos de ellas están casados y, algún día, parirán prole.
Uno, el más alto, relata que la noche de su despedida de soltero, a las tres de la madrugada y borracho como una rata, telefoneó a Sisa para comunicarle sus intención de desposarse. El galáctico, que por entonces había ido repartiendo tarjetitas con su número, pensando en promocionar la figura de Francesc Pujols, aguantó el envite como campeón de ruedo ibérico e, imagino que trenzando mordaz filigrana, hasta le felicitó por la decisión tomada. Porque este hombre las ve venir: ve, comprende, pero no calla.
Con clarividencia de asceta expuso el crimen: la ignominia que se estaba perpetrando hace apenas dos o tres años y que, aún hoy, sigue vigente. Porque esta ciudad es una mentira que ha quedado reducida a las cuarenta y tantas cartas de una baraja amañada. Cuarenta y tantos símbolos, simplezas, totems y señuelos que los de siempre manejan a su antojo, queriendo dar la impresión de que somos nosotros los que vamos un paso por delante, cuando usted y yo sabemos que aquí quién gana siempre es la banca, la Caixa.
El alcalde puede que no sea más que el crupier, pero está untado y, por tanto, es un hijo de puta: hagas lo que hagas, no te pasará nunca un as, ni una puñetera figura. Luego se los gasta en una campaña cuyos carteles se dirían diseñados por un retrasado mental legañoso y focomelo como su pasteurizada imaginación de botarate inmundo.
Sucede, por tanto, que este hombre, el que mira, comprende y explica, lleva ya tiempo viéndolo todo muy claro desde la azotea, como un francotirador de versos. Le envidio, caballero, siempre vuelve a mi sin necesidad de tener que llamarle. Me trae la voz que a veces me falta y un humor que, a estas alturas, no puede ser otra cosa que un milagro.
Los tres compañeros se digregan, el primero va a una cena, el segundo a su casa, el tercero a la piscina. Llego al piso y usted me cuenta cosas que nadie más sabría cantar de esta manera.

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