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>la cosa diaria

29/03/2007

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Ahí arriba están las cajas de herramientas, amontonadas la una encima de la otra hasta tocar el techo. Se distingue alguna roja, pero casi todas son negras, como la que me llevo y que aún sigue metida en una bolsa, junto a un pincel y varias perchas, en el suelo de la cocina. Salgo de compras a horas poco habituales y me cruzo con muertos que reclaman colirio para las ratas y los conejos. Sorteando escupitajos blancos, verdes y amarillos, se llega a la plaza, donde se oye joder a la pescadera detrás de la persiana echada del negocio. Su perro se llama Manuel como tu padre y, si levantas la tapa del contenedor, te disparan una ráfaga de patos que te deja tiritando en la gravilla hasta fundirte con la mierda de las palomas, los canes y otras bestias sin carga en el pensamiento. La vez que me escondí en un contenedor arrastré, como cometa, un denso olor a tocino curado en la punta del pichón. Cosa de tres días y de mucho restregar la esponja exfoliante a contrapelo. Los picores se amortiguan con baños matinales de agua de Vichy.
He cenado fresas con zumo de naranja, soy así de maricón. Existe en el mundo una señorita que siempre se interesa por lo que ceno, aún sabiendo que, en cuanto lo confiese, se llevará las manos a la cabeza, porque ella sí sabe cocinar, hasta hizo un curso de hostelería. Yo creo que me quiere redimir del maltrato a los alimentos, pero últimamente flojeo bastante de ese lado, ¿sabe Usted? Por lo común, voy mejorando conforme se acerca el buen tiempo y, en verano, es cuando más sabrosas me salen las cosas. A mi me estigmatizaron por el arroz: es lo que peor y mejor me sale. Lo habitual es que no sepa a nada y, de vez en cuando, queda en su punto (y coma, coma usted un poco más, que se le enfría el entrepecho, que hay corrientes marinas que traen los hipocampos de Sumatra). Como no voy de putas, todo lo que ahorro me lo gasto en vino y pistolas. Ya tengo cinco, la más pesada se llama Manuela, como tu madre. Ahora estoy aprendiendo a cocinar tres tipos distintos de macarrones, que si aquí, que si allá, y, entretanto, me voy acordando de la Reina Zanahoria y de un par de romances antiguos que me siguen pareciendo la mar de modernos.

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