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>menudos granos de tiempo

25/03/2007

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Pensaba permanecer callado unos días, a la espera de que llegara la primera foto, antes de proseguir escribiendo. Pero mi voluntad es débil como la carne y frágil como el pensamiento de estos tiempos tan invertebrados y mustios. Hay cosas que no puede uno fintar, ni esquivar, aunque disponga de la cintura de una diosa india. Una de ellas son los sueños.

Estaba ella en su cuarto
que era azul y de nieve
(azulejos azules, sí, de esos que se prodigan en su tierra, y la nieve formaba los dos tercios superiores de la pared y el techo.
Creo que estaba sentada sobre el lecho,
un poco como en un cuadro de Hopper, pero con la mirada alta de cariátide, que es lo que a mi me parece a veces, aunque no se lo haya dicho todavía)
y había en la estancia un tigre grande y caliente
que se llamaba Silenzio.

Ayer me hablaba ella del miedo que le daban los ojos claros, como de largo mar, mientras pensaba yo en el azul y en la nieve, en ese silencio que arde peligroso. Cayeron, poco a poco, pequeños estragos del techo de la discoteca, las niñas crecidas tornaban sus cuerpos cada vez más ampulosos en ese ir y venir, tan mío, de la barra al excusado, del excusado a la barra. Algunos pechos se aplastan contra tí, otros contra tu sed, contra tu esperanza de seguir pensando en nada. Se escuchaba el flujo reiterado de la electricidad recorriendo las medias de rejilla y podías oír como se tronchaba la cabeza de un ángel de corcho cada vez que lo decapitaba una hembra al quitarse la blusa o la camiseta, dejando abajo aún otra púdica prenda de vestir. Cadalso de medianía, sentí crujir mi cinturón hacia el final de la noche: el tigre volvía su cabeza al infinito. Se había torcido la luna –la luna o el cielo, quién sabe-, allá en lo alto, cuando me despedía con una pequeña caricia en la mejilla y una oscura sonrisa de saber que las calles volvían a ser distintas y frías.
Llevaba en el bolsillo el libro de Salinas que me regaló mi amiga hace ya casi un año. Es un libro casi tan hermoso y claro como ella misma. Lo abrí al sentarme en el bus y leí: ¡Ay, cuántas cosas perdidas / que no se perdieron nunca! / Todas las guardabas tú. Y para guardar las cosas existen los espejos, las madres y los sueños, pues siempre hemos de vivir en ellos y los tres carecen de puerta de salida.

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