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là-bas

30/12/2006

A veces –no necesariamente cuando me aburro- imagino que te sientas sobre mis rodillas, en esta misma silla, y te muerdo ligeramente los cabellos, en la raíz de la nuca. Tu tecleas, como si nada fuera contigo, mientras mi mano te aparta la braguita, persiguiendo humedades aún desconocidas.
Allí abajo, mis yemas bordean el perfil perpendicular de tus labios, que parecen no asombrarse todavía ante la llegada del primer tactil intruso que, sin titubear, se sumerge en lentas candideces interiores, dejando escapar de tan cálida abertura suaves susurros acuáticos, semejantes al párvulo boquear de los peces en un acuario. Pero tus labios inferiores ni boquean, ni son inocentes, simplemente se dejan inundar por el fruto derramado en el tránsito de esta ceremonia íntima.
Y, a pesar del rubor que revive en la suavidad de tus pómulos y de la eléctrica inmersión de mis dedos, bañados por la marea crecida en oleajes, el texto se alarga y crece sobre la pantalla del ordenador. Tus dedos secos aún teclean, mientras los míos siguen, en una intransferible caricia, la silueta de tu vientre y de tus senos, hasta enterrarse en tu boca, que los chupa con la avidez de una santa entregada a su fe sin miramientos. Y ahí es cuando te das la vuelta, elevándote un poco, para que yo pueda liberar la montura de mi sexo, que no tarda en deslizarse y fundirse en tí, entre el calor apacible de tus piernas. Te mueves poco a poco y me pides que lea lo que has escrito, que es algo así como una declaración de intenciones. Y te corrijo una falta que dices que has cometido adrede, para morderme el labio como venganza por haberte reñido.
Va todo tan despacio, se confunden hasta tal punto nuestros alientos que, al llegar al final, tu te sigues meciendo a pesar del cansancio y esa pequeña agonía que te ha estremecido como a una muñeca rota a la que tengo la sensación de seguir acunando entre mis brazos. Me vuelves a morder o a besar, que ya no se distinguen matices, y me levanto con tus rodillas dibujando unas alas diminutas alrededor de mis muslos, para llevarte a la otra habitación y buscar la manera de entrar en tu alma aunque sea por esa puerta pequeña que no te has atrevido a terminar de abrir del todo. Nuestras sombras fundidas son un ángel que resbala perezosamente hacia el abismo.

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