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la singular belleza de las niñas crecidas

20/12/2006

Advierte Fénelon en el décimo capítulo de su tratado del siglo XVII que “nada debéis temer tanto en las niñas como la vanidad. Estas nacen con un vehemente deseo de agradar; al estarles vedados los caminos que conducen a los hombres a la gloria o a la autoridad, ellas procuran hallar la compensación con las galas del cuerpo y del espíritu; de ahí procede su conversación dulce e insinuante; de ahí también su aspiración a la belleza y a todas las gracias exteriores, y de ahí el que sean tan apasionadas por los adornos; una cofia, un trozo de cinta, un bucle de sus cabellos más alto o más bajo, la elección de un color, son para ellas otros tantos asuntos importantes.
Cuanta belleza de niñas crecidas desbaratando la justa medida de nuestros sentidos. Por todos los flancos ataca la dulzura de las formas, el encanto de las voces, la perfección de un gesto irrepetible o espontáneo que hiere y adhiere, como un arpón invisible y afilado, el pensamiento a una hembra inesperada o ya conocida. Que nadie es capaz ya de prevenir la floración del deseo, pues aún siendo infinitas sus variedades, se mantiene inmune a toda plaga enviada para devorarlo. Basta la táctil textura intocada de una prenda sobre la rotundidad de una sialógena porción anatómica para restablecer la común entropía en el corazón de un hombre honrado. Dadme un punto sin apoyo y caeré, de nuevo, al abismo.

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