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el síncope blanco

16/03/2006

Tuvo hambre el león y se llegó a comerse a los Cristianos, a las niñitas dormidas y lloronas. Pasaba por ahí y se dio un pequeño festín, una merendola a la hora de la cena. Lágrima viva en la verdura, pañuelos empapados y de duelo. El león regresa a su norte de quesos y espumas, y en la selva quedan sólo los pedazos descuajeringados, descuajados y sonámbulos de una galaxia mil veces perdida. Entretanto, un fado de retrete perfuma la hierba, el cantar de los millones que se tragó la cisterna. Reírse es poco.

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