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desayuno con bala

10/02/2006

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A veces noto que una bala me persigue por toda la casa y me tiro al suelo, desciendo a los bajos de las mesas, me arrastro por debajo de la cama, me amotino junto a la ventana, saco la cabeza y grito: ¡Yo no escribí Cañas y barro! ¡No soy el hombre de la tablilla, ni el que incendió el trapecio! Y, aún así, la bailarina se niega a retirarme la palabra, danza que danza en su caja de espejos romboidales donde mi cara germina muecas. Un alud de coliflores embarulla el pasillo y la vecina más vieja cacarea con un rastrillo metido en las narices: ¡Moreno, sube dos bombonas! Se me deshacen los calcetines y una ranita de dos dedos de largo se esconde en mi párpado izquierdo con la venía de su señoría. Bebo agua y se borran los titulares de la sección de deportes. En el juicio me condenan a crecer y a untarle pomadas a un queso mal curado, sustraído en un mercadillo andaluz. La bala vuelve a perseguirme en forma de supositorio que una canatante colombiana aloja en su ombligo, espantando a los murciélagos. Dean Martín me trae el café a la cama y me pide consejo para deshacerse del cuerpo de Mia Farrow. Me quedo con la cabeza, me la coloco en un pie y, tendidos en el lecho, nos escupimos gargajos. La ranita, tránsfuga, prefiere sus párpado y me abandona. Me pego una ducha, la cabeza se desinfla y escurre a través del desagüe. La taza del inodoro también ha desaparecido y no me queda más remdio que comer acelgas entre las piernas morenas de mi silenciosa amiga.

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