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seven more days, all I gotta do is survive

15/01/2006

Extraños los cimientos de esta sociedad deforme sobre la que la luna llena imprime sólo un ligero destello de ferocidad.
Rasga el asfalto la incisiva silueta de los patinadores.
La muchacha pálida le pide la hora y pregunta cuánto va a tardar el bus nocturno en detenerse en esta parada. Lleva un libro muy finito y un gorrito de lana carmesí. B cree que ya lo sabe todo y que pregunta eso con la lúdica, premeditada intención de tomarle el pelo. B trae consigo una pequeña bolsa de papel con un par de libros y un cuaderno de tapas negras en el que terminará escribiendo estas líneas.
Cuando llega el autobús, la chica pálida simula entretenerse en un claro del pasillo y, aprovechando la demora, tiene tiempo de escoger su asiento justo frente al que acaba de ocupar B. Apenas ha arrancado el vehículo, ella habla o finge hablar por teléfono, dice que debería haber vaciado la vejiga en el bar, que se vuelve a estar meando. B se la figura sentada en la taza, leyendo el librito por la página ventidós: los pantalones claros cubren ese par de botas apeluchadas, tan a la moda, mientras se oye caer el vaporoso chorrillo en el fondo abierto de la porcelana blanca. Parece que la muchacha pálida vive todavía con sus papás y eso le reporta ciertas obligaciones laborales en el negocio familiar. Esta noche, en lugar de empalmar, ha elegido dormir unas horitas de nada. El que empalma es B, bajo el peso de los libros, protegido por la bolsa de papel.
Ella cuelga el teléfono y arroja la mirada a la calle, muy poco transitada. Utiliza el vidrio como espejo, se quita el gorrito, se acomoda los cabellos rubios y vuelve a cubrirse. Pregunta a B si falta mucho para cierto apeadero. Se trata de una parada complicada, ya que se halla justo al torcer una calle y a veces uno la pasa de largo sin darle tiempo de avisar al conductor. B la conoce porqué allí vivían unas amigas hasta hace unos meses. Todavía falta, responde, si quieres te aviso. Ella dice como que sí con las cejas y se descuelga con un yo también he estado ahí esta tarde, mirando el logotipo de la librería que hay estampado en la bolsa de papel. ¿Sí?, hasta hoy no sabía que cerraban tan tarde, improvisa B apretando las piernas para interrumpir el flujo sanguíneo en sus partes bajas. Pero el libro es de mi novio, aclara ella y lo cubre un poco más con las manitas, no creo que me lo lea por qué está en catalán y me rallo.
Es la próxima, anuncia B. ¿Tú también te bajas?. Sí, miente B y pulsa el timbre. Se levanta después de ella, el abrigo lo resguarda.
El aire es frío, pero soportable. ¿Vives aquí?. No, más arriba, responde B indicándole girando la cabeza y pronunciando el mentón.
Bah, tengo sueño, bosteza ella, estoy con mis padres…
B asiente.
Tienen un super ahí, si quieres…
Igual me paso.
Pásate, sí, me voy a dormir. Buenas noches.
Buenas… Oye.
¿Qué?
¿Dónde has comprado ese gorro?
¿Por?
No, una amiga que buscaba uno a juego con los guantes.
El amigo invisible.
Vaya. Bueno, buenas noches.
Buenas noches.
B l
lega a su casa veinte minutos más tarde. Sufre intensas y traidoras pesadillas. Repuesto tras los escalofríos, solo en su cama, sueña que asiste a una recepción real en la que coincide con cierto veterano cineasta vasco comunista y homosexual por el que siente gran admiración.

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