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lejana y sola

17/11/2005

La veo atravesar el prado nevado caminando sobre raquetas. Seguro que nunca las calza, pero la prefiero así, con su abrigo bien abrochado, la bufanda y el gorrito de lana que, si me apuran, va acompañado de unas orejeras. Su naricilla asoma de vez en cuando por encima de la lana y exhala una diminuta nube de vapor blanco. Y así anda, emanando pequeños círculos de aire caliente amasado por sus pulmones, un vapor semitransparente que quisiera tener aquí, rozándome el oído. No sé a dónde va, quizá a su casa, puede que a la universidad o a comprar un libro, un dvd o un frasco de crema de cacao. También la sorprendo, a veces, sentada a la mesa, con una taza humeante de chocolate entre las manos, que se han desprendido de los guantes de lana. Hay algo junto a la taza, sobre la mesa, seguramente una revista en ese extraño idioma que me encantaría oír emergiendo de su boca, como una oración rara y apacible. Me gustaría oírla leer los envoltorios de los alimentos, los prospectos de los electrodomésticos, las etiquetas de los envases, los rótulos de los comercios, las calles, las carreteras…
La imaginación es a veces un ángel, una droga dulce que rellena los huecos que el deseo anhela y la puerca realidad insiste en mantener abiertos. Pero la realidad y yo cerramos un pacto hace días, y si ella se niega a cumplirlo tendrá que atenerse a las consecuencias.

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