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a granel

10/10/2005

De pequeño, yo no lo sabía, pero me encantaba tirarme a los sacos de legumbres. Mi abuelo dejaba que lo acompañara a la casa de campo que tenía un matrimonio muy mayor, justo en los lindes de un pueblo cercano. Me llevaba sentado frente a sí, sobre el cómodo sillín de su Bultaco verde.
Mientras él recorría los frutales y la bodega en compañía del matrimonio, yo me quedaba en el almacén. Me flipaba el olor reseco de los sacos de garbanzos, judías, lentejas, alpiste… Hundía la mano en ellos, primero temeroso de cruzarme con algún insecto entrometido; después, confiado, metía la palma a modo de paleta o cuchara, una y otra vez, dejando que los granos resbalaran entre la criba de mis dedos. No eran pocas las veces en que me bajaba los pantalones y metía mis pequeños genitales en el saco polvoriento y allí los agitaba para sentir el hormigueo leguminoso acariciándome los cojones y la picha. Alguna que otra ocasión -esto era ya mucho más raro- hacía lo propio con las sacas de frutos secos, especialmente con las almendras. Luego me abrochaba el botón del pantalón y esperaba la vuelta de mi abuelo, que traía una garrafita de moscatel y botellas de vino tinto y vermú. Todo a granel. Todo rico.

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