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cortaplumas

06/10/2005

Aldea tras aldea, uno va encontrando la cabeza del Kid. Los mayores la guardan en sacos y cajones más viejos y podridos que los huesos del deudo. En esta casona que huele a hierba verde, la niña carga el revolver con los ojos fijos en los toons del televisor, que es lo mismo que si los tuviera cerrados o vendados con un trapo liado a la cabeza. El abuelo le acaricia el cabello y constata que está, efectivamente, amartillado. Es feliz, mi nieta sabrá defenderse. Olvida que antes del plomo, el Kid usó el cortaplumas. La punta de hierro hay que martillearla a pulso hasta el fondo de la víscera, para que el flujo lento deje hacerse oír. El plomo, en cambio, quema a lo lejos, aunque no tan lejos como para no oler la pólvora bermeja que oscurece lo hondo y los contornos del agujero.
El día que la enfermedad o el miedo le gané a la voluntad, el viejo tendrá entrenada a la niña, carita de cielo, para que le vacié el cargador en el pecho. Será hembra de un solo vicio: la violencia.

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