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Maggie

26/09/2005

Maggie acaba de subirse al taxi que la llevará al aeropuerto, donde se montará en un avión que la dejará en París. Y allí, dentro de cuatro o cinco días, tomará el vuelo que la devolverá al DF. A saber cuanto tiempo pasará antes de que pueda volver a verla y a darle sus besillos y apapachos de rigor. Tan simpática ella, con su chaqueta de cuero, sus anillitos de plata y el pelo rizado domesticado por el mouse. En una semana nos hemos medio emborrachado tres veces con cava y lo que más hemos visto, además de copichuelas llenitas de pimple burbujeante, yo creo que han sido libros.
Maggie se va a estudiar un seminario sobre prospectiva que es como vislumbrar una bola de cristal cuya esfera es plana y pixelada. No sé si en la pantalla de su portátil logrará descifrar la fecha de nuestro próximo encuentro. Tan rechula ella, con ese corazoncillo inquieto incapaz de hallar el sosiego por más de dos horas seguidas. Culillo de mal asiento, cuanto menos, esta vez logré verla bailar y hasta nos metimos a ver un concierto de boleros y flamenco. En fin, su naricilla recorre en este preciso instante la distancia que separa mi casa del aeropuerto y seguro que se siente medio triste, con los pies calientes dentro de las botas negras. Yo no paro de escuchar el último tema de Morrison Hotel y tardaré en volver a meterme en la cama por que temo que me asalte alguna nueva pesadilla desconocida. Quizá todavía quede un poco de cava en la nevera.

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