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chocolate con churros

09/08/2005

 

En una breve visita que realizó a Salamanca, en 1980, coincidiendo con las olimpiadas moscovitas, Andrej Tzurullowjky maquinó la idea para su tercer cortometraje, que habría de rodar en decorados artificiales proporcionados por los Estudios Beograd de Sarajevo. La idea era la siguiente: Marco incomparable de una churrería española. Llega un señor de mediana edad (Dusan Golumbovski), levanta el brazo, el churrero lo ve y se acerca con un plato lleno de churros y un tazón transparente con medio litro de chocolate espeso. El cliente comienza a devorar los churros (por un error de apreciación dentro del equipo de dirección artística, los churros no aparecen segmentados, sino que forman una larga espiral serpentiforme que Golumbovski moja y engulle en retahíla) y no se detiene hasta haberse zampado el último pedazo de churro mojado en la postrer gota de chocolate. Después se limpia cuidadosamente los bigotes y exclama: “¡Les churros sont finis!” y aparece el rótulo final seguido de una hilera interminable de créditos sindicales. Todo ello, por supuesto, con iluminación uniforme, en ausencia total de movimientos internos y externos de la cámara y con la actuación sumamente contenida de los intérpretes.
Además de obtener el Primer Premio del Festival de Cine Gastronómico de La Habana (1981), Chocolate con churros (en castellano en el original) propició a Tzurullowjky la oportunidad única que venía persiguiendo para culminar todas sus teorías sobre el inmovilismo cinético-motriz. Ignorando que padecía una diabetes avanzada, Dusan Golumbovski ingirió en plano secuencia hasta el último churro azucarado, precipitándose en un coma raudo y definitivo. Tzurullowjky convenció al cocinero que había elaborado los churros, para que recubriera al actor con una ligera capa opaca y antirreflectante de confite. Con ello obtuvo a un intérprete absolutamente inmóvil que sentó en el interior de una cámara frigorífica vacía y allí lo filmó durante los 49 minutos de metraje virgen que quedaban en el estudio. Para evitar tener que subtitular diálogos (monólogos interiores) –según él, la presencia de subtítulos rompía el inmovilismo cinético-motriz- se limitó a acompañar la imagen del difunto acaramelado con temas estándar de la música internacional, empezando por Amapola y La Mer, y terminado con La Cucaracha y La Internacional (prueba indiscutible de su talante político), que, según el director, no necesitan traducción. Kúzis stari moj (Levántate, hombre!, también conocida como Paja i Kamiondzije, oséa, Paja y los caminoneros) es la obra maestra absoluta del Cine Tetrapléjico, cuyo éxito significó la desgracia civil para Tzurullowjky, quién tuvo que huir de Yugoslavia acusado de vejación contra un cadáver y de explotación capitalista de la muerte de un camarada. Su obra, intocada por el tiempo y por los empleados de la Filmoteca de Zagreb, cobró nuevos bríos y se paseo por todos los festivales alternativos europeos, asiáticos y norteamericanos tras la caída del muro de Berlín y al ponerse de moda los cineastas cuyo apellido acabara en vsky o wsky.

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