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grandes marcas

24/08/2016

jabalete

Bebo una Moritz servida en una copa fría de Estrella, sentado en una silla que lleva en el respaldo el logotipo de San Miguel. Tres marcas de cerveza amparan mi receso en esta terraza, justo cuando el sol comienza a endulzar su luz y se vuelven preferibles los sabores salados, que agrandan la sed y aligeran el ánimo, liberándolo del pesado lastre de la vergüenza y el decoro. Sobre las mesas de familia se combinan las tapas con los bocadillos, las cervezas con los refrescos. El camarero deposita un cubo con seis quintos y una de bravas entre la carnosa brasileña y su novio de cabellos desmadejados. Qué alegría haberse olvidado el móvil en casa, despegarse del tiempo durante unas horas. Otra birra, un platillo de olivas o cacahuetes, quizá unos morros, ojos para mirar y, sobre todo, oídos para perderse en ese revoltillo deslavazado de mundos paralelos. Agosto se agota, pero la vida palpita aún caliente en la calle, como el corazón de un jabalí derribado por un dardo, en plena carrera.

el hombre que mira

23/08/2016

amnatvamp

Ingrid Pitt siempre ha sido para mi una cita ineludible y, aunque se la suela recordar metida en la piel de Elisabeth Bathory, me vuelve siempre a la memoria dotando de cínica existencia a la hipnótica Mircalla Karnstein. Leí el clásico de Le Fanu en una edición catalana que un amigo descuidado jamás devolvió a mis estantes –también extravió un ejemplar de La guarida del gusano blanco– y tuve que hacerme con una versión castellana, años más tarde.

Creo que ya había visto la versión de Vadim, que no me dio frío ni calor, de modo que, cuando llegaron a mis tiernos ojos Las amantes del vampiro, estallaron en mi mente los cohetes de la depravación. Roy Ward Baker filtraba hábilmente todos los elixires que emanan los temores nocturnos, dejaba suelto en un susurro el fantasma de la zoantropía felina e instauraba un asfixiante ambiente de encierro lésbico que reconcentraba la sangre en los vórtices del deseo. Circundaba además el relato la figura irónica y acechante de una suerte de vampiro mayor a caballo, que ejercía el rol de instigador y testigo de la desgracia que se cernía sobre las casas en las que la bella vampira lograba hacerse hueco, sorbiéndole el seso y los pechos a sus jóvenes moradoras, que languidecían en lentas sangrías de alcoba.

Ese tétrico jinete, que parece asegurar la continuidad de la saga Karnstein más allá de decapitaciones y empalamientos, desempeña la oscura labor de espectador y demiurgo, libando por los ojos lo que sus mordaces colmillos ya no le procuran con el vigor de antaño, erigiéndose en espectro del perfecto voyeur emasculado.

intrigas obreras

22/08/2016

fuego calles

Aunque unos obreros franceses llenaran el exiguo metraje de la que suele considerarse primera película de la historia, la clase trabajadora sólo acostumbra a llegar al cine por el patio de butacas. Un puñado de oficios mejor o peor pagados –policías, militares, médicos, abogados…- acapara la inmensa mayoría de los argumentos y muy pocas veces son los peones, jornaleros u operarios quienes protagonizan la trama, bajo el manido precepto de que el público recurre al cine para evadirse y lo último que quiere es tropezarse con las amarguras de su vida diaria.

Tal vez por ello saboreo con esta mezcla de amor y admiración cierto tipo de películas que proliferaron en Gran Bretaña, a caballo entre las décadas de los 50 y los 60, levantadas sobre contundentes intrigas que delataban los problemas laborales de los empleados más desprotegidos. Cy Endfield –que más adelante se involucraría en la dirección de un film sobre Sade con guión de Richard Matheson- realizaba en el cincuenta y siete un trepidante drama de acción y suspense protagonizado por un camionero en situación ilegal, explotado por la empresa de transportes, con secuencias de carreras ilegales que, aún hoy, siguen provocando vértigo en el espectador.

Guy Green dirigiría tres años después Amargo silencio, que exponía, desde un punto de vista conservador, el calvario de un obrero que se niega a ir a la huelga, contra la voluntad de los dirigentes del sindicato. Y, al año siguiente, Roy Ward Baker se haría cargo de Fuego en las calles, en la que el conflicto laboral viene dado, ante todo, por el racismo que dificulta la incorporación al trabajo de los inmigrantes negros. Los problemas en la fábrica se complementan con el recelo con que familia y vecindario afrontan los amoríos de una maestra inglesa con un apuesto colega jamaicano. Sólo tres ejemplos de algo que hoy resulta casi imposible de ver en el cine de sobremesa y cartelera. Será que ya no existe la lucha de clases o, simplemente, que no quedan demasiados cineastas con clase.

sado vamp

21/08/2016

dracdag

Dentro de la estupenda serie de títulos que componen la saga vampírica producida por los asalariados de la Hammer, Las cicatrices de Drácula sorprende al espectador desubicado por el uso deliberado de la violencia. Roy Ward Baker gana siempre la partida por el lado de lo perverso y esta película, estrenada ya en 1970, estaba llamada a convertirse en la más sádica de todas las protagonizadas por Christopher Lee metido en el duro pellejo del iracundo aristócrata transilvano.

A pesar del acartonamiento de algunos de sus efectos especiales, uno se engancha inevitablemente a la pantalla a partir de la inefable masacre inicial, que se reafirma en el instante en que Drácula irrumpe en la alcoba armado con una daga corva y acuchilla furiosamente las entrañas de Anouska Hempel, que luego será pacientemente despedazada con hacha y serrucho por un lacayo que es azotado y chamuscado por el conde en sus momentos de ofuscación, mientras el amante fortuito de la finada agoniza traspasado por un gancho, en el muro de la cripta en la que el vampiro se refugia durante el día.

Toda esta crueldad llega acompañada de acoplamientos furtivos, taberneras que se desabrochan antes de recibir al visitante nocturno y víctimas que gimen gozosas al ser desangradas por el monstruo, hasta cerrar la cinta el sañudo ataque de un murciélago que salpica con copiosos goterones de sangre los soberbios pechos de la virginal –y, por supuesto, rubia- protagonista, justo antes de desvelar una nueva forma de destruir al vampiro: el relámpago que electrocuta y hace arder la estaca de hierro que Drácula sostiene en su mano, recibiendo, como Justine, su inopinado castigo desde el cielo.

fumar de boquilla

20/08/2016

pipwecig

Hubo tiempos, breves y escasos, en que prevalecía el misterio de los intervalos de silencio y no había que ir explicándolo todo, repitiendo a cada rato las mismas palabras. Pero hoy hay quién no acaba de entender que la menta fuera maría y da por imposible que pudiera devenir además metáfora de una mamada.

Para entenderlo, es preciso rellenar el hueco en danza, advertir que –también entonces- la menta, además de beberse, se fumaba. Las cajetillas de tabaco mentolado se vendían por millones y, durante una temporada, se pusieron de moda las boquillas, de modo que hasta el más basto parroquiano del bar de medianoche se creía con derecho a desayunarse con diamantes.

En casa, ese sucedáneo del tabaco bajó de Andorra un par de veces. A los chavales sólo nos dejaban aspirar la boquilla con el cigarrillo apagado, empapándonos el paladar con un frescor desbravado incapaz de generar nuevas adicciones. Esas enclenques aspiraciones, unidas a mi natural inclinación por las marcas de peor calaña, me libraron del tabaquismo, pero me inculcaron particular predilección por las muchachas que fuman con boquilla corta.

Comprendan pues los descreídos mal informados que la menta que solicitaban las chicas del drugstore no tenía por qué ser un vaso de licor dulce y helado, sino también un pitillo con sabor a yerba, un porrito de maría u otras sustancias alegres y, como el porro se chupa, debajo del puente retumba el agua.

botánica mansa

19/08/2016

pastoril

Recios crecen los Narcisos, abocados al espejo de sus móviles, sin prestar atención a nada que no sean sus propias excrecencias en nubes y redes. Carecen de vida tangible, pero se sienten protagonistas de mil aventuras pasajeras: aprueban, comparten, comentan, enlazan noticias de hace un año, desentrañan los misterios de la vida, divulgan sus almuerzos, viajes y gustos, apoyando las causas más nobles y justas. Frente a ellos tropieza una señora, un anciano no encuentra asiento libre y a un muchacho se le cae el bocadillo, pero ellos siguen toqueteando la pantalla, inasequibles a las circunstancias circundantes. Mansos e idiotas, no precisan rabadán que los trashume al matadero.

no hagas bromas con la menta

18/08/2016

mentalin

En casa al pipermín siempre le llamábamos menta. No es que estuviera muy presente, pero un color tan vistoso lo hacía destacar entre el resto de existencias del mueble bar. Recuerdo muy especialmente una botella baja de base cuadrangular que tardó más de un año en vaciarse, pasando por santos, aniversarios, navidades y verbenas. A diferencia del resto de licores de la casa, siempre se servía con un cubito de hielo.

Menta y frescura iban unidos, así que no dudé en pillarme el EP de un grupo con ese nombre que encontré en una de las cubetas de la tienda de discos del barrio. El cantante se llamaba Toño, como el de los Burning, pero aquello era un rock and roll más ligero, sesentero y conservador, del que guardaría en la memoria la primera canción: Ya lo ves, yo sigo adelante; ya lo ves, visto como quiero; ya lo ves, voy muy elegante; ya lo ves, como donde puedo; ya lo ves, todos me han mordido sin poderme comer…

Con todo, serían precisamente los Burning los que dotarían, a mis ojos, de sensualidad y glamur aquel licor verde y transparente. Su brillo resplandecía en la oscuridad de mi mente cuando cerraba los ojos para escuchar Las chicas del drugstore: Ella se apoya en tu hombro: “Invítame a una menta”. Ella escribe poesías, ella…, ella es una estrella… Me figuraba los drugstores y discotecas repletos de muchachas sensibles pidiéndose un pipermín, pues tardé en enterarme que la proposición iba con segundas, que lo que pedía la poetisa nocturna era un porro –la hierbabuena que deseaba Peret para su despedida. De hecho, los exégetas más aguzados sostenían que lo que solicita la muchacha es entregarse a una buena mamada.

La otra tarde, después de muchos años sin probarla, pedí una menta en un bar de la orilla izquierda del ensanche. El camarero, con tanto pico como pluma, pasó entusiasmado la comanda a su compañero de la barra: ¡Ves, ves! ¡Uno de los míos! ¡Quiere un peppermint con hielo! No sé si se refería sólo al licor, pero cuando empecé a saborearlo en mi mesa, imaginé que, tal vez, algún día debería atreverme a degustarlo con hielo picado y veneno, como hacía a su pesar el molesto matrimonio de aquella lejana película de Saura. En algún lugar, Herbert West escucha a Los Canarios y el verde inunda mi fresca mirada.

 

 

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