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igualdad animal

24/09/2017

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Fregando los platos, después del desayuno, el televisor me trae las voces que emana una de esas mistificaciones en la que supuestos ciudadanos llaman a un experto para que vaya a poner orden en sus cosas. El asunto gira en torno a una pareja de señoras que tienen dos perretes, uno de los cuales, menudo, oscuro y peludo, tiene demasiado carácter.

Una de las dueñas explica que el cánido elemento le gruñe, acosa y agrede. Confiesa que todo intento de corrección de conducta no ha hecho más que incrementar la impetuosidad de su mascota. Sacando jugo a sus lagrimales, confiesa que ya se han hecho a la idea de que la única salida es sacrificarlo pero que, antes de consumar la solución final, desean que el experto del programa intente reeducarlo. Y, así, mientras raspo con el estropajo el fondo de la taza del café con leche, le oigo exclamar: ¡Yo no quiero que mi perro sea un animal!

Qué formidable anhelo animalista: que los tusos desistan de ser canes y devengan seres cabales y pensantes como ella misma. Que los cuadrúpedos se encaramen en lo alto de la escalera moral de su bondad inmanente y nos den una lección de humanidad y buenos sentimientos. Y quien dice el perro o el gato, añade también la lombriz, el papagayo, el barbo, la lagartija o la cucaracha. ¡Igualdad animal ya! Y que el ser humano regrese a la nada de la que no debió salir nunca.

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la desobediencia debida

23/09/2017

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Engorda la estulticia cada día, la memez es mucha, larda y fonda. En su discurrir terrero, los salvadores de la patria catalana, fabuladores de primer plato, se van dejando atrás los más elementales principios de la lógica, la ética y la estética. Más allá de que Pla dejara escrito que el amarillo es el color de los locos y echando a un lado la reinvención de una historia que ni es, ni nunca ha sido, la pamema queda palmaria y resuelta en su paradójica concepción de la libertad y la democracia.

¿Se puede llamar a la desobediencia con una orden? Si obedezco el Desobeïm!, ¿no estoy también obedeciendo? ¿Se puede hablar de libertad cuando tu baza es amontonar gente que, a la hora señalada, se viste del mismo color y vocea idénticas proclamas? ¿Se puede defender una supuesta voluntad popular empleando parafernalias efectistas directamente extraídas del populismo y la demagogia fascista? Cuando no hay calidad, se echa mano de la cantidad, la uniformidad, el grito, la bandera y la antorcha. Cuna de la libertad, el terrón donde medraron los últimos negreros.

Cecilia

26/06/2017

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Empezaron tomando cocacolas, pero ya van por el segundo cubo de quintos y la piel comienza a bullir bajo el toldo agujereado de la terraza. Hablan de estropicios ajenos, faena y borracheras. Y, claro, no tardan en acordarse de la Cecilia. Una dice que es tontita, el otro que carece de intelecto, la otra cuenta que la otra noche, en la discoteca, una bollera le estuvo tocando las tetas todo el rato y ella riéndose. Que si la dejan sola se la tira toda la sala de baile y ella sin enterarse…

Pero es la chica de en medio la que se pone las botas: Yo con la Cecilia tuve una enganchada los primeros días. Pues, ¿no entra la tía y se sienta encima del mío? Restregándose el culo y jijí jajá. Yo me espero a pillarla a parte y le digo: ¿Pero qué haces tú sentándote en la polla de lo mío? Y ella: “Uy, si para mi el Pol es como un hermano, siempre nos saludamos así y no pasa nada”. ¡Qué coño un hermano! Yo tengo dos hermanos y no me siento encima de sus pollas, tía zorra.

cerca de las vías

25/06/2017

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De camino a la estación, el hombre pequeño detiene su paso. Lo miro y dice, con voz de flauta dulce tropical:

– Yo no te iba a dejar nunca

Vuelvo la cabeza, buscando a su interlocutor a mi espalda. Pero no hay nadie, es a mí a quien formula la promesa. No lo conozco de nada.

Vuelvo a cruzarme con él, al cabo de unos días y detiene otra vez la marcha, mirándome embelesado. No dice nada, pero yo recuerdo la promesa y apresuro mi llegada a la estación.

Abajo, sentado en uno de los bancos del andén, con el tango metido en las orejas, siento sentarse a mi lado una mujer que carga una bolsa de supermercado. En breve me toca el hombro. Me saco el auricular, la miro.

– Perdone. ¿De dónde es Usted? –pregunta.

Le digo la ciudad.

– Ah, entonces es de aquí. Español –razona, desilusionada.

Asiento.

– Pensaba que era extranjero –acerca la mano a mi cara, bordeando las patillas y la barba, sin llegar siquiera a rozarlas-, tiene cara de extranjero.

– ¿Y usted de dónde es? –correspondo.

– Rusa. Por eso, a verle la cara pensé que a lo mejor…

 

 

cabalga dura

06/02/2017

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Acabamos de comer y, aunque nadie la haya pedido, nos traen la cuenta. Mi acompañante manda un mandoble de pupila a la camarera, preguntando:

– ¿Esto que suena es Chayanne?

– Claro –aclara la joven con una sonrisa de complicidad.

– ¡Pues vaya asco!

– ¿Por qué? –se atraganta- Hay que poner un poco de todo…

– ¡Con la jeta de equino que tiene el tío! ¡Igual que Trump! ¿O es que también le gusta Trump?

La camarera intenta desconectar, centrándose en el cobro con tarjeta, pero mi acompañante no abandona fácilmente un argumento.

– ¿No se ha fijado en la faz caballuna de Trump? Afortunadamente, a Putin le gusta muchísimo montar a caballo. Así que dentro de nada le veremos cabalgando a Trump, así. ¡Mire, mire!

La cuenta hace rato que ha salido, pero la camarera no se atreve a levantar la vista del terminal.

– ¡Será su cabalgadura, así, así, tirándole de los pelos!

– ¿Quieren copia?

Yo, que me estoy descojonando, atino a decir que no, y la chica se va, soltando una ráfaga de risitas que se pierde en el fondo del mostrador. La tarde apunta maneras.

 

Difuminado al alcance de la mano

28/01/2017

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Vial of Delicatessens acaba de editar el deuvedé de Difuminado, el último largo de Pere Koniec, una bendita rareza que reúne en su metraje figuras tan dispares como Josep Maria Beà, Javier Pérez Andújar, Juan Carlos Olaria, Sergi Puertas, Isidre Monés, Carmen Serret o quien escribe estas líneas. La edición incluye el mediometraje Policromía y otros jugosos extras que los ojos ávidos sabrán degustar con entusiasmo.

subnormat Fernando

18/10/2016

 

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Fernando es un chaval enrollado, de los de ahora. Bueno, no es exactamente un chaval, ya hace tiempo que traspasó la veintena, pero el espíritu es lo que importa y él es muy espiritual, carga una mochila con motivos vegetales y habla mucho de empatía.

Hace unos meses comenzó sus prácticas de empresa en una oficina y el responsable le ha llamado varias veces la atención, no por permanecer de brazos cruzados, sino por ponerse a mirar los vídeos graciosos del Youtube, pasándoselos por los morros a sus compis, entorpeciendo el discurrir productivo de la jornada laboral. La falta no sorprende demasiado a sus profes del instituto, las pocas veces que asiste a sus clases han tenido que llamarle la atención por matar el tiempo con el ojo pegado a la pantallita. Lo que sí les sorprende un poco es que no responda a sus llamadas y mensajes de correo. Cuando un día se lo cruzan por el pasillo, Fernando descorre la cremallera de la mochila y, de entre un revoltillo indescifrable de bultos, extrae una papel manchado y arrugado con los informes de la empresa que entrega a su tutor sin mediar palabra, confiando plenamente en sus empáticas competencias.

Pasan los días y no se sabe más de él. Siguen quejándose desde la empresa, pero ya falta poco para que terminen las prácticas y el tutor del instituto hace todo lo posible para poder finiquitarlas sin que le echen. Le escribe, le llama. Silencio.

Una tarde, al pasar lista, una alumna cuenta que la otra mañana coincidió con Fernando en el bus, que el fulano ha dejado el instituto porque le han pillado de reponedor en el Día. Falta apenas un mes para terminar el curso, no se le echaría excesivamente en falta, pero al cabo de otra semana, otro alumno entrega al sufrido tutor un estuche de gafas de sol. Asegura que Fernando se lo dejó olvidados en clase, y el hombre debe convertirse ahora en fiel celador de objetos extraviados.

Telefonea y escribe al alumno desaparecido por diversas vías con el fin de informarle del hallazgo, recordarle que tiene documentación pendiente de firma y para saber si es cierto que ha abandonado los estudios. Pero la empatía y capacidad comunicativa del muchacho parecen haberse esfumado. Tanto es así que el tutor duda ya de que esas gafas de sol pertenezcan al alumno, pues éste sabe, como anuncian un puñado de notorios carteles y los correos recordatorios, que a final de curso se reciclan todos los objetos extraviados que los alumnos no se hayan preocupado de pasar a recoger por el aula de profesores.

Discurre el verano, pasan cinco meses y, al fin, una madrugada, el tutor recibe un mensaje de correo electrónico de Fernando. En él no menciona en ningún momento por qué dejó de asistir a las clases sin informar a los profesores y dejando colgados a sus compañeros, que tuvieron que apechugar con su parte para poder culminar sus trabajos en grupo. No cuenta tampoco si sigue de reponedor o ha cambiado de empleo. Explica, simplemente, que un ex-compañero de clase le ha recordado que se había dejado olvidadas unas gafas solares y pregunta, directamente, cuándo puede pasar a recogerlas.

El tutor, azorado, le recuerda lo que rezaban los carteles y mensajes que le envió. No obstante, por si hubiera modo de recuperar las lentes, le pregunta cómo eran: marca, modelo… Fernando responde que no se acuerda, pero que allí deben estar, puesto que eran suyas. Puede que Fernando esté por debajo de la norma.