quemaduras de tercer grado
A todos los que escribís mensajes de correo electrónico y movilizáis las teclas de vuestro teléfono preguntando dónde podéis conseguir un ejemplar de Quemar el Cielo, sólo puedo deciros que aquí se pueden solicitar los pedidos vía internet.
Se supone que debería estar distribuida en alguna librería, pero desde la editorial no han confirmado aún los nombres, ya que los que indican en su web no son siempre los correctos y, aunque solicité la lista hace tres semanas, la inopia sigue vigente.
Esta semana me entrevistaré a mi mismo en La Cançó de la Fi del Món y me preguntaré mi opinión sobre este asunto. Quizá recite, también, algunos poemas golondrinos.
lana
Trenes que van y que vienen, silbidos y silbatos, narices heladas y chocolate caliente. Los gatos me rodean en la estación abandonada, a uno le falta una pata, pero se mueve con la misma alegría que el resto. Alguien sigue viviendo en el edificio que abandonó –si alguna vez lo hubo- el antiguo jefe de estación. Vagones y viento bajo un cielo blanco de nieve caída anoche, vuelta hielo en la madrugada. Tienes una peca en el hombro, ojos de miel y dos hemisferios de leche recogidos bajo un jersey de lana gruesa. Dices que no me oyes, pero es mentira, sientes mi aliento, sílaba a sílaba, entre las escarpas de esa música horrible. No iremos al cine, ni daremos ninguna vuelta. Te acordarás de mí antes que el sol separe tus labios y cierre tus ojos, con un dedo en cada botón de deseo abierto a ese fugaz desequilibrio que casi nunca te concedes. Yo atravesaré el bosque, bordeando el camino de listones, raíles y gravilla, hasta dar con este refugio felino. Los trenes silban su peligro, cargados de gente que busca el calor de sus hogares, sin antojos. Te olvidaste de sacar la merluza del congelador y bajas al bar de la esquina. Sólo tomas café, no te decides. Junto a los cines, un restaurante de plástico rojo. Una muchacha lleva un jersey casi igual al tuyo, pero menos surtido. Tu peca tiembla bajo la ducha, seguro. Tu peca que nunca peca. En el retrete, el café humea de mi boca a la taza, una lágrima sólida adherida a los lagrimales. Es una pasa, dicen, no pasa nada.
libro de reclamaciones
En la cafetería que hay junto a la Escuela Industrial, se junta una cháchara musical de niñas de diecisiete años. La mañana es clara, pero fría, y el café largo, tomado a sorbos cortos, ayuda a vencer la mansedumbre. Un bolígrafo rojo rueda hasta los pies de mi mesa. Al recogerlo, veo que le falta el tapón y trae los bordes algo carcomidos. Una sonrisa entre rizos negros alarga la mano, agradecida. Rizos largos, sonrisa más larga todavía. El café se acaba pronto, mi cuaderno se llena de pequeñas murmuraciones.
Al llegar a casa, veo que ya han publicado la entrevista que me ha hecho Frank G. Rubio para El Pulso, en que debería haber hablado menos de mí mismo y del editor, y más de la novela. Pero mi boca se agranda por los dedos.
Por fortuna, me espera también el mensaje de una amiga que se queja porque “en Quemar el Cielo no hay ninguna página que advierta al lector de su contenido y que le recomiende lugares y hora para su lectura. No es de recibo leer la página 60 en un autobús a las 8 de la mañana, sobre todo teniendo que trabajar todo el largo día. Después del bus el metro…pffffffff…” Y yo que me sonrío y agradezco la reclamación, mientras recuerdo el sabor de las flores que crecían en un tiesto verde, que te quiero verde, y sólo diviso el polvo del coche que la llevaba.
trep trip trop
vínculos
Alguien se acercó a la casa,
subió las empinadas escaleras,
llamó al picaporte
y, apenado,
me dijo: “Ven a verla,
ya está muerta”.
¿Muerta de qué
y cómo
y cuándo?
¿Muerta por qué?
¿Y por qué Ella?
Su cama la rodeaban
los vecinos,
rezando y murmurando
sin respuesta.
Amortajada
con un vestido largo
hecho de trapecios
y tristezas,
los ojos claros
y llorosos,
diez alfileres
sangrándole las yemas.
Le temblaban los labios,
las mejillas,
viva todavía,
viva y perfecta.
El gato le husmeaba los zapatos,
y el sol se derramó
como la brea,
barriendo
casas, bosques,
ceniceros,
hasta dar
con todo
en el mar
de las ideas.
Cantar de pobre
después
¿Por qué vienes a verme
cada noche,
si sabes que de mí
ya nada queda?
Me buscas,
hoy sereno,
ayer borracho,
en cárceles de amor
siempre desiertas.
No me sigas más
los pasos,
déjame salir
de la trinchera.
Olvida, poco a poco,
lo que fuimos,
devuélveme mi sangre,
mi cabeza.
Y quédate con todo
lo que es tuyo,
que nada ya me importa
a mí esta guerra.






